19/7/07 – 20:30
Para el último día en Berlín me había reservado diferentes cosas. Eso si, debía escoger, pues es imposible ver todo lo que uno quiere de una ciudad tan grande en tan poco tiempo. Así pues me decanté por la zona de Potsdamer Platz y por llegar hasta la cercana ciudad de Potsdam, donde se llegaba en metro en unos 45 minutos.
La zona de Potsdamer Platz es el nuevo Berlín. De la brillante y famosa plaza nada quedó tras la II Guerra Mund
ial, y no ha sido hasta hace muy pocos años con la reunificación de Alemania que se proyecto un nuevo corazón de Berlín, donde algunos de los mejores arquitectos del mundo han dejado ir su imaginación creando un espacio que no deja indiferente. Modernos y altos rascacielos, esbeltas construcciones que consiguen que este centro de negocios y ocio nada tenga que envidiar al de ninguna otra ciudad importante. Seguramente el Sony Center es la joya de la corona que recibe más visitas y es más valorado por el visitante, pero es el conjunto de edificios en si lo que realmente hace especial este lugar. No está lejos a pie de Parisen Platz, el monumento del holocausto o el Check Point Charlie. Pero cuando uno esta en Potsdamer Platz parece haber llegado a otra ciudad, muy diferente de la que se extiende por sus alrededores.
Y poco después al dirigirme hacia la ciudad de Potsdam, no se si he subido al tren o a la máquina del tiempo. De ese destino solo conocía que se había realizado la conferencia final de la II GM entre USA y la URSS que acabo con la repartición de Berlín, y que había un palacio muy importante denominado Sanssouci. Pero una vez allí he podido comprobar que es un museo al aire libre de construcciones nobles de siglos pasados. En sus calles se pue
den ver algunas muestras, pero es en los jardines donde uno se asombra. Albergan diferentes construcciones que hacen honor a su nombre (sanssouci viene del francés y significa sin preocupación). El Palacio Sanssouci, la Orangerie, el Palacio Chino del té, o el inmenso Palacio Nuevo hoy sede en parte de la universidad, van apareciendo entre la vegetación de este parque como si de un cuento de hadas se tratase. J.S. Bach encontró algunas de sus mejores inspiraciones paseando por estos senderos, y creerme, que no resulta nada extraño. Vale la pena dedicar unas horas a una visita.
Pero bien, al final se han acabado los tres días, y de nuevo estoy en la estación central de Berlín, ahora ya a punto para coger un nuevo tren y cambiar de ciudad y en este caso también de país. He podido comprobar que en Berlín hay tantas cosas y tanta gente diferente y de tan distintos orígenes, que incluso puedes encontrar algún berlinés con un poco de suerte. Me voy convencido que es la ciudad más viva que he visitado jamás, no solo por el hecho de que está repleta de cosas a hacer, sino porque está inmersa en un cambio constante y una restauración y construcción que no se detiene. Nada tiene que ver Berlín con la de finales de los 90. Pero muy poco va a tener que ver la Berlín de hoy, con la de dentro de tan solo unos años. Volveré para corroborarlo, estoy seguro.
Para el último día en Berlín me había reservado diferentes cosas. Eso si, debía escoger, pues es imposible ver todo lo que uno quiere de una ciudad tan grande en tan poco tiempo. Así pues me decanté por la zona de Potsdamer Platz y por llegar hasta la cercana ciudad de Potsdam, donde se llegaba en metro en unos 45 minutos.
La zona de Potsdamer Platz es el nuevo Berlín. De la brillante y famosa plaza nada quedó tras la II Guerra Mund
ial, y no ha sido hasta hace muy pocos años con la reunificación de Alemania que se proyecto un nuevo corazón de Berlín, donde algunos de los mejores arquitectos del mundo han dejado ir su imaginación creando un espacio que no deja indiferente. Modernos y altos rascacielos, esbeltas construcciones que consiguen que este centro de negocios y ocio nada tenga que envidiar al de ninguna otra ciudad importante. Seguramente el Sony Center es la joya de la corona que recibe más visitas y es más valorado por el visitante, pero es el conjunto de edificios en si lo que realmente hace especial este lugar. No está lejos a pie de Parisen Platz, el monumento del holocausto o el Check Point Charlie. Pero cuando uno esta en Potsdamer Platz parece haber llegado a otra ciudad, muy diferente de la que se extiende por sus alrededores.Y poco después al dirigirme hacia la ciudad de Potsdam, no se si he subido al tren o a la máquina del tiempo. De ese destino solo conocía que se había realizado la conferencia final de la II GM entre USA y la URSS que acabo con la repartición de Berlín, y que había un palacio muy importante denominado Sanssouci. Pero una vez allí he podido comprobar que es un museo al aire libre de construcciones nobles de siglos pasados. En sus calles se pue
den ver algunas muestras, pero es en los jardines donde uno se asombra. Albergan diferentes construcciones que hacen honor a su nombre (sanssouci viene del francés y significa sin preocupación). El Palacio Sanssouci, la Orangerie, el Palacio Chino del té, o el inmenso Palacio Nuevo hoy sede en parte de la universidad, van apareciendo entre la vegetación de este parque como si de un cuento de hadas se tratase. J.S. Bach encontró algunas de sus mejores inspiraciones paseando por estos senderos, y creerme, que no resulta nada extraño. Vale la pena dedicar unas horas a una visita.Pero bien, al final se han acabado los tres días, y de nuevo estoy en la estación central de Berlín, ahora ya a punto para coger un nuevo tren y cambiar de ciudad y en este caso también de país. He podido comprobar que en Berlín hay tantas cosas y tanta gente diferente y de tan distintos orígenes, que incluso puedes encontrar algún berlinés con un poco de suerte. Me voy convencido que es la ciudad más viva que he visitado jamás, no solo por el hecho de que está repleta de cosas a hacer, sino porque está inmersa en un cambio constante y una restauración y construcción que no se detiene. Nada tiene que ver Berlín con la de finales de los 90. Pero muy poco va a tener que ver la Berlín de hoy, con la de dentro de tan solo unos años. Volveré para corroborarlo, estoy seguro.
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