27 nov 2007

Brasov, corazón de Transilvania

14/08/08

Brasov en general es una ciudad como el resto de las ciudades rumanas. Eso sí, respecto a todas ellas tiene un gran secreto y algo que la hace muy especial y con un toque diferente. Y es que ha sabido conservar en perfecto estado su casco histórico: brillante, limpio, ordenado, restaurado y a punto para recibir visitas. En las calles y plazas de esta zona de la ciudad uno se vuelve a sentir como en la ciudades importantes del centro y el este de Europa, sonde el ambiento y el entorno te transporta siglos atrás. La lástima es que eso también conlleva la presencia de la zona comercial con su Mc Donald’s y sus firmas internacionales que devuelven a este siglo.

Brasov puede presumir de ser además la capital de Transilvania, en el corazón de los Cárpatos. Eso se traduce en un entorno envidiable a tocar de la ciudad. Y cuando digo tocar, es literalmente. Los parques de la zona del centro, por ejemplo, acaban convirtiéndose directamente en bosques. Des de uno de ellos sale un teleférico que sube hasta la cima de la montaña de Tampa, donde hay un inmejorable mirador sobre un cartel con el nombre de la ciudad al estilo Hollywood. Esa mezcla de parques y bosques en el límite de la ciudad es tan natural, que a menudo ha dado algún disgusto. Los osos, lobos y jabalíes, suelen bajar a buscar comida entre las basuras, y a algún turista no muy cuerdo que a querido aprovechar para hacer fotos o acercarse, le han dejado un mal recuerdo. Incluso alguno ha llegado a perder la vida en uno de esos ataques de osos. Yo no llegué a ver ninguno, pero comentan los habitantes que no es extraño ver alguno pasear a su antojo por las calles de la ciudad más próximas a los bosques.

A nivel de monumentos caben destacar la plaza Sfatului, la Iglesia Negra de estilo gótico, las torres blanca y negra –aunque ahora son las dos blancas una vez restauradas-, y lo que queda de la muralla, que es bastante, con la puerta de Schei como punto neurálgico. Pasear por la calle de la Republica, zona comercial, es también agradable. Y hacerlo por la calle Sforii, una de las mas estrechas de Europa, no deja de ser curioso.

Pero lo mejor de Brasov seguramente no sea lo que esta dentro de la ciudad, sino en sus cercanías. Entremedio de los bosques se encuentran dos auténticas maravillas como son los castillos de Râsnov y Bran. Quizá no os digan nada por el nombre, pero si os situáis en Transilvania, pronto dejareis correr vuestra imaginación y le veréis el interés más allá del arquitectónico.

El primero de ellos, el de Râsnov, se encuentra en la cima de una colina a las afueras de la pequeña población del mismo nombre. Es menos visitado y sin alguna excursión organizada será difícil que lo encontréis y podáis visitar. Aunque está en estado semiruinoso, conserva suficiente estructura como para poder pasear por su interior. Es el verdadero y autentico castillo donde vivió el mítico Conde Vlade Draculae, en quién se inspiro la famosa historia del Conde Drácula y sus vampiros. Podemos encontrar algún documento de la época y diferentes referencias en el museo de la fortaleza.

El segundo de ellos, el de Bran, está en la población con este mismo nombre. Con un estado impecable, perfectamente conservado e imponente ante el visitante, perteneció a diferentes familias nobiliarias, reyes y durante siglos al pueblo que le dio múltiples usos. A principio del S.XX lo disfrutó la Reina Maria de Rumania y su hija hasta el exilio. A esa época esta dedicada la visita y a esos años corresponde toda la decoración de los interiores. Sin embargo, es este el castillo del Drácula de la ficción, donde se le ha situado en la historia legendaria, y eso hace que miles de turistas se acerquen a conocerlo y se lleven la pequeña decepción de no encontrar lo que esperan. Sobretodo en Hallowen miles de persones se concentran aquí venidas de todo el mundo en una gran fiesta con Drácula como protagonista. Uno se pregunta pues porque no se explota la imagen y la historia de forma turística y comercial como se haría en cualquier otro lugar. Pues no, las referencias aunque existentes son mínimas, algún detalle en algún puesto del mercadillo. Y sobretodo van dirigidas al Conde Vlade, el original, y no al de ficción. Sobre vampiros, murciélagos, estacas, ristras de ajos y demás parafernalia relacionada, ni rastro. Es una fama que aquí no les cae bien. Incluso parece ser un tema tabú cuando lo he sacado en alguna conversación. Ni el guía le ha dado la más mínima importancia. Como mínimo resulta extraño.

En todo caso, Brasov y sus castillos son un buen rincón donde pasar el último día de este viaje. Este atardecer cogeré mi último tren que me llevará hasta el avión que des de Budapest me devolverá a Girona. No sufro por los horarios, voy tranquilo… ¡¡Tengo un día entero de margen!!

26 nov 2007

Este tren es una ruina

13/08/08

No he hablado mucho de los trenes, que han sido mi medio de transporte habitual en esta ocasión. Pero dado que la jornada de hoy han sido los protagonistas, dejar que me desahogue y os comente algunas cosas. A lo largo de todo el viaje, y dependiendo del país, han sido mas o menos modernos, cómodos, rápidos, etc. Pasar de segunda a primera era bastante relativo, y a menudo significaba dejar de ir mal para ir solo un poco mal. Pero cuando uno viaja en Interrail, eso ya lo tiene asumido, y lo encuentra soportable.

Pero al llegar a la zona del sur de Europa la cosa se ha complicado, perdiendo el encanto y sumando inconvenientes. En Croacia, Serbia y Turquía la cosa fue bastante mal. Pero en Bulgaria y Rumania friega el escándalo. Es un servicio que podemos cualificar perfectamente de vergonzoso, teniendo en cuneta que nos encontramos en la Unión Europea. Dejadme que os explique mi aventura de hoy, y juzgar vosotros mismos.

De entrada los retardos. Ya explique mi aventura en Sofía. Pues hoy en Veliko Tarnovo el primer problema ha sido ese. Levantarse temprano y correr hasta la estación –situada en las afueras de la ciudad-, pagando un taxi para llegar puntual. El tren salía a las 10:08. Pues bien, directamente he perdido el dinero y toda una mañana. Hasta las 12:05 no he subido al tren, y me he pasado todo el rato en una estación en estado semiruinoso, sin ningún servicio, y ninguna seguridad. Suerte que llevaba un libro en la mochila…

A partir de ahí el trayecto ha tenido todos los alicientes. Primero un revisor que me quería cobrar una “comisión” totalmente innecesaria, y al que al final le he dado algo así como un par de euros al cambio en moneda búlgara, que evidentemente han acabado en su bolsillo sin ningún recibo ni nada que se le pareciese para mi. Después, justo en la frontera con Rumania, una avería en los frenos del tren, justo en el eje bajo mi ventana. Yo y mis dos compañeras inglesas de compartimiento hemos podido presenciar un revuelo considerable, pues mientras un mecánico expresaba claramente que el tren no se podía mover de allí, el otro solo decía que ya íbamos bastante tarde y que seguíamos de cualquier manera. Imaginaros la cara que hemos puesto los tres cuando este último se ha salido con la suya. Poco más adelante, los militares han alargado tanto como han podido la revisión de los pasaportes, sobretodo con el de las chicas que viajaban solas. Ya en suelo rumano, hemos cruzado una extraña zona donde el revisor nos ha obligado a cerrar todas las ventanas y cortinas y a permanecer sentados, mientras el tren circulaba a no más de 10 kilómetros hora. Ninguna información al respecto. A partir de ahí se han repetido diferentes paradas en estaciones solitarias, con el propósito de que algún otro convoy pasara en dirección contraria por la misma vía. Incluso en una de las estaciones ha sido necesario retirar el cuerpo de un pobre vagabundo del medio de la vía, que o mucho me equivoco o ha acabado su, penitencia más que vida, sobre los raíles. Con todo el tren ha sumado ni más ni menos que cuatro horas de retraso a su llegada a Bucarest. Y como si nada. Nadie se inmuta ni dice nada. Quería pasar el día en la ciudad, y no he podio más que sacar la cabeza de la estación mientras esperaba el tren que salía hacia a Brasov, mi destino final de hoy. En principio eran 2 horas y poco más de camino… Pero como era de esperar mi destino de media tarde se ha convertido en destino de medianoche.

Dicho esto comentaré lo que he podido ir observando a lo largo del largo trayecto, a menudo durante más rato del que me hubiese gustado, sentado en mi confortable asiento del tren. El paisaje búlgaro a mi salida de Veliko Tarnovo se mantenía en su nivel de jornadas anteriores, montañoso, verde, y de naturaleza exuberante. Pero poco a poco, el recorrido iba perdiendo altura y abriéndose camino hacia las llanuras. Los campos de cultivo y los prados donde pastaban libremente caballos iban ganando terreno lentamente. Al final han acabado ocupando todo lo que la vista podía abarcar hasta el horizonte a banda i banda del ferrocarril. Las montañas han desaparecido por completo, y solo alguna pequeña colina ondulaba levemente el terreno y rompía la horizontalidad. En pleno mes de agosto aun aguanta el color verde, pero gana en presencia el amarillo y sus diferentes tonalidades hasta marrones y ocres. Me imagino el mismo paisaje con el verde de la primavera o el blanco del frío y nevado invierno. Seguro que lo que podría ver el viajero entonces sería bien distinto de lo que yo veo ahora, aun siendo el mismo lugar.
En la zona del Parque Nacional Rusemski Lom, ríos, pequeños estanques y un espectacular y escarpado cañón se convierten en protagonistas. Algunos pequeños bosques ocupan las colinas y diferentes especies de aves entretienen el viaje por su gran número. Algunas de ellas, de gran tamaño, centran mi atención. Pero no descubro de que especie se trata.

Pero de pronto, lo que debería ser el summum de la belleza, se convierte en el cúmulo de los horrores. La frontera con Rumania la marca el río Danubio, que ya había visto en varias ocasiones en este viaje. Quedan pocos kilómetros antes de que gire definitivamente para ir a morir al Mar Negro. Aquí el río es inmenso, muy ancho y parece que bastante profundo. Debería ser una fuente de vida inagotable y estar rodeado de una gran naturaleza. Pues bien, lo que lo rodea son docenas de fábricas e industrias en las dos orillas, que impunemente y sin miramientos utilizan el río como una cloaca gigante para abocar todos sus residuos. Calculo que millones de litros de líquido negro, espeso y mal oliente, mezclado con asquerosos despojos sólidos, van cayendo tiñendo el agua de un color indescriptible. Una imagen que dolería en cualquier lugar. Pero que en este, dentro de la Unión Europea, y en aguas de un río que en pocos kilómetros llega a su delta Patrimonio de la Humanidad y Reserva Mundial de la Biosfera me parece indignante, vergonzoso, denunciable, y todos los adjetivos por el estilo que quieran añadir.

Una vez dejado atrás la pesadilla vivida en el tramo que el tren cruzaba lentamente el largo puente fronterizo, Ya estaba en Rumania. Se muestra como una nación eminentemente rural, donde parece ser habitual poder ver vehículos de tracción animal trabajando en el campo o utilizándose como transporte. La presencia de caballos por todos los rincones se hace muy evidente, así como las de múltiples familias nómadas de gitanos, con sus campamentos de tiendas, carros y perros famélicos. Aunque perros los hay en todos lados. Las estaciones están llenas de canes abandonados que se acercan a los vagones sabedores que los viajeros dejaran caer algo de comer. El estad de algunos hace daño a la vista, y al corazón.

Los núcleos urbanos más grandes se convierten en agobiantes aglomeraciones de edificios, gente, suciedad y dejadez. Es tal el abandono y la acumulación de basura, que uno llega a plantearse si es tan solo un problema económico de gente muy pobre, o si simplemente es que no hacen nada por evitarlo. Bucarest es un triste ejemplo en este sentido.

Ya camino de Brasov coincido con un simpático rumano del Norte del país. Se llama Atila y paso un par de horas muy agradables de conversación entre castellano e inglés. Es del norte del país, hacia donde nos dirigimos, y se declara abiertamente de étnia húngara. Dice que los rumanos son apáticos y conformistas, siempre dando la espalda a todos los problemas y sin estar dispuestos a luchar absolutamente por nada. Dice que en el norte la gente es diferente, que se parece más a los europeos y tiene una mentalidad más occidental. Me comenta que incluso en el paisaje se nota, pues hay mejor economía, más respeto y educación, gente con más cultura. No se hasta que punto su visión es parcial y objetiva. Pero lo que veo por la ventana conforme nos acercamos a la región, le da la razón. Cuando llego a Brasov me despido de el con un abrazo y me recomienda que me dirija al hotel cuanto antes, pues es ya noche cerrada.

Un amable estudiante que me encuentro en el bus se baja conmigo y me acompaña hasta la puerta del albergue, donde entro pasadas las once de la noche. Llego como seis horas después de lo previsto y me espera una desagradable sorpresa. Habían pensado que ya no llegaba, y han dado mi reserva a otra persona. No hay manera de arreglarlo y me encuentro casi a medianoche, solo y sin un lugar a donde ir, en una vacía y oscura calle de una ciudad del corazón de Transilvania.

Por suerte, al final encuentro un albergue cercano, que aunque también estaba repleto, viendo mi situación, hace un esfuerzo y me encuentra un hueco donde pasar la noche. En el fondo fue una gran suerte, pues allí coincido con un grupo de gente encantador con el que haré un par de excursiones al día siguiente.

25 nov 2007

Veliko Tarnovo, entre los bosques búlgaros

12/08/07

Nuevamente me he despertado viendo el paisaje de Bulgaria por la ventanilla del tren. Aún siendo una zona diferente del país, la sensación ha sido la misma. El tren zigzagueaba entre las montañas, algunas con alturas respetables, y los bosques verdes y frondosos. Da gusto abrir los ojos de esta forma.

De tanto en tanto, cruzábamos pequeños pueblecitos o casas aisladas, que tenían un aspecto más ruinoso y dejado que las que vi días atrás en la otra parte de Bulgaria. Se puede observar que trabajan mucho todo lo relacionado con la madera, y viendo el entorno los motivos son obvios. De vez en cuando también se abre algún claro en el bosque que los nativos aprovechan para el cultivo, pero son muy escasos. Pregunto sobre mi pasión por caminar, y me comentan que el territorio es genial, pero peligroso. Las razones son dos muy diferentes. Por un lado es fácil perderse pues hay pocos y no muy buenos mapas y por que la señalización es casi inexistente. Por otro por la gran presencia de osos en estado salvaje. Hay mas plantígrados en Bulgaria que en todo el resto de Europa junta. Vuelvo a mirar por la ventana y pienso que no es de extrañar con esta naturaleza.

Y lo que son las cosas, siendo de una zona mediterránea y habiéndolo sufrido en mis carnes en más de una ocasión, estaba pensando en el peligro del fuego ante tal dimensión boscosa. Justo en ese momento en lo más alto de una de las cimas he visto aparecer el color marrón y ocre propio del otoño en las hojas de los árboles. Me extrañaba mucho y el misterio se ha resuelto cuando el color se ha ido transformando en negro que se extendía montaña abajo por diferentes valles. Tristemente he podido observar a lo largo de unos interminables kilómetros el resultado de un reciente incendio devastador que debió acabar con muchas hectáreas de terreno. Lo que en otros lugares habría acabado en tragedia y gran catástrofe natural, aquí es casi una anécdota que varía el color del paisaje, que pronto ha vuelto al verde intenso.

Y así, como quién no quiere la cosa, y con el retardo previsto, me he plantado en Veliko Tarnovo. Los propios búlgaros tienen a esta ciudad muy bien considerada, y tanto la gente de aquí como la guía hablaban maravillas de la ciudad y su entorno, clasificándola incluso como la ciudad más bella de Europa del Este. Quizá por eso mis expectativas eran muy altas, demasiado altas. Y ya se sabe que en esos casos el resultado es siempre menor al esperado.
Veliko Tarnovo es una bonita ciudad, pero ni de lejos la mas preciosa de Europa del Este. De hecho su zona de interés se reduce a un barrio del siglo XIX de casas de madera semicolgadas sobre el río y un par de calles tradicionales. El barrio se mantiene intacto hasta el punto que parece que las casas vayan a caer en cualquier momento al agua. En las puertas de las casas he podido ver sentado a algunos ancianos que viven en ellas, tan viejos y curtidos que también parecen del siglo XIX. Todo junto genera un ambiente que parece más de dejadez y abandono que de conservación de arquitectura tradicional. Se puede visitar simplemente siguiendo la Calle Gurko. No muy lejos de ella se encuentra la calle Rakowski, donde se concentran los artesanos y sus comercios. Eso si, con precios occidentales adaptados a las carteras de los turistas y desorbitados para este país. Si no se compra nada, si que vale la pena pasear por ese ambiente donde restaurantes, tiendas y talleres parecen haberse detenido siglos atrás.

Pero el mayor polo de atracción de la ciudad está a las afueras, en lo alto de una de las cimas que rodean la ciudad. Se trata de la Fortaleza de Tsarevets. Está a un kilómetro del centro y sus orígenes datan de épocas tártaras, romanas y bizantinas. Lleva más de dos milenios en pié y hoy en día es un conjunto de ruinas, murallas, torres de defensa y vigilancia, que en su tiempo protegieron a las 400 casas, el palacio real y la docena de iglesias que había en su interior y todo lo que era habitual en una villa medieval. En el interior del recinto destacan rincones como la Piedra de los Sacrificios -donde eran ajusticiados los condenados por diferentes delitos-, una pequeña restauración del palacio real que permite subir hasta el punto más alto del recinto, y la restauración completa de la iglesia principal que se puede observar des cualquier punto.

Quiero hablar de esta iglesia. Impactan los murales del interior que son las pinturas religiosas más parecidas al graffiti que he visto en toda mi vida. Imágenes y escenas de la pasión de Cristo que perfectamente podrían estar en cualquier pared de una gran ciudad. No se que debe pensar la Iglesia, si es que está enterada del tema. Pero yo los encuentro muy originales y que producen la sensación que buscaban las imágenes religiosas a lo largo de toda la historia, hacer llegar un mensaje impactante a quien las observa.

Y de Veliko Tarnovo poca cosa más. En todo caso destacar el entorno natural que rodea la ciudad, pero es el mismo que en todo el país. O sea que gastar un día si te viene de paso perfecto, pero venir expresamente hasta aquí o dedicar más tiempo, creo sinceramente que habría mejores propuestas.

Estambul, con un pié en Asia y otro en Europa.

9-10-11/08/07

Pensaba que después del trayecto en tren des de Hungría a Italia, en que cruce diversas fronteras a lo largo de la noche, o el de Italia hasta Zagreb, donde se repitió la historia, sería difícil superar una noche más movida en un vagón de tren. Pero estaba equivocado, pues salir de Bulgaria (Sofía) para entrar en Turquía (Estambul) fue toda una aventura que prefiero explicar por si le puedo evitar el disgusto a alguien.

El hecho de que el tren sea nocturno y de que los horarios no tengan la mas mínima importancia, pues los retardos son de hasta cuatro horas, implica que en algún momento indeterminado de la noche se llegue a la frontera búlgaro-turca. Yo lo hice en la ida hacia las tres de la madrugada. La clave del tema es que la frontera es también entre la Unión Europea y Turquía. Y para entrar en el país semiasiático es necesario pasar muchos más controles y tener el visado. Lo común en todas las fronteras anteriores era que alguien picaba a la puerta del compartimiento o pasaba por el pasillo del vagón y te hacia enseñar la documentación. En cada frontera, primero lo hacían los cuerpos de seguridad del país que abandonas, y luego los del país en que entras. En este caso, los del país del cual salía el tren (Bulgaria) cumplieron el ritual. El problema llegó cuando al llegar a la frontera turca el tren se detuvo y el que pasó por cada vagón picando a la puerta de los compartimientos fue el revisor.

Medio dormidos, los extranjeros vimos como los locales empezaban a bajar del tren como locos. A esas horas de la mañana y ante ninguna explicación la reacción de sorpresa se mezcla con la de no saber que hacer. Finalmente alguien dice que no subirá la policía al tren, y que debemos bajar nosotros. Así pues, nos vestimos con lo primero que pillamos y bajamos a la ya inmensa cola ante la pequeña comisaría donde un solo policía atendía a todos los pasajeros de un tren que viene tanto de Sofía como de Salónica y Atenas – los dos originales se unen en uno antes de entrar al país -. El otro gran dilema es que hacer con el equipaje, pues el tren se vacía por completo y cualquiera puede subir y bajar a sus anchas, con lo que si tu vagón ha quedado lejos de la comisaría, el temor a no volverlo a ver crece por momentos. El consejo evidente es no dejarlo solo.

Como media hora después empezó a tocar a los primeros extranjeros, y siguieron las sorpresas. “Señor, ud. no tiene visado, no puede entrar en el país”. Corre el pánico en la fila, nadie lo tiene. Hasta que algún nativo entre risas indica otro edificio en un rincón de la estación, el más alejado, donde dice debe haber una secretaria que nos dará el visado. Poco a poco y no sin desconfianza la gente se acerca, y efectivamente una señorita se ofrece a vendernos el visado. Pero llega la hora de pagar y solo acepta moneda turca. Como es normal, prácticamente nadie lleva y todos intentan pagar con euros o dólares. Se hace la difícil, y después de rogárselo acepta los euros o dólares, pero con un incremento significativo. Peor lo tienen los que no llevan moneda en efectivo. Ni puede cobrar con tarjeta, ni hay ningún cajero donde sacar moneda en kilómetros a la redonda. Unos y otros echamos una mano, pero no hay suficiente dinero en efectivo para dejárselo a todo el mundo, y no todos despiertan la confianza suficiente. Resultado, una docena de personas no consiguen el visado y se les niega la entrada en Turquía. Los demás, vuelta a la primera fila y finalmente, nos ponen el maldito sello. Una hora y media después de bajar del tren, hacía las 4:30 de la mañana, me vuelvo a meter en la cama.

Con todo, el sol del nuevo día no tarda en recibirme, evidentemente aún dentro del tren. El paisaje montañoso de Bulgaria ya se ha convertido en un típico paisaje mediterráneo. Rápidamente lo relacione con lo que había visto antes de Grecia y Turquía en documentales, revistas y demás. Campos de cultivos de cereales, que como toca en Agosto eran alfombras interminables de color amarillo. Los rodean bosques, pequeñas colinas, alguna casa aislada, muchos caminos de tierra… En fin, muy familiar.

El paisaje urbano se ha ido abriendo paso lentamente al principio, para hacerlo de forma contundente al final. Mucho antes de llegar Estambul empieza la gran urbe con poblaciones vecinas, que reúnen a millones de habitantes, con todo lo que eso conlleva. De largo es la mayor ciudad de todo el viaje, y pensaba que eso sería un defecto. Aunque kilómetros antes de que ni tan solo se insinúe el centro y su conocido skyline, ya todo el horizonte se llena de edificios, calles, carreteras y puentes, un detalle me llama la tención. No es nada comparable con las últimas capitales en las que me había detenido (Zagreb, Belgrado y Sofía). Todo es mucho más ordenado, limpio, y agradable a la vista. Tenía una imagen preconcebida muy distinta, y me esperaba un caos de ciudad, y al encontrarme justo lo contrario, me ha dado una buena alegría. Des del tren se puede ver alguna de las casas de madera típicas de la ciudad que aun quedan en pie.

La buena impresión aumenta al llagar a la estación. Aunque no es muy grande, esta si que es digna de una gran ciudad, y también muy distinta a las últimas en las que me había apeado. El albergue ha mandado un empleado a recogerme, pero debíamos esperar otro viajero que llegaba en un tren justo después. Como es normal, el “justo” se ha convertido en casi una hora por los habituales retardos. Eso me ha permitido visitar el bonito museo del ferrocarril. Ha sido entonces cuando me he percatado del hecho que en esa misma andana donde yo había llegado, durante décadas lo había hecho el mítico Orient Express. He podido pasearme un buen rato entre joyas del convoy, documentos y fotografías.

Y al cabo de un rato, con mi guía de lujo, ya paseaba por las calles de esta histórica ciudad. El albergue era muy céntrico, en una zona tan conocida como Sultanahmed. A lo largo de la calle Akbiyik y sus alrededores hay una gran cantidad de alojamientos a bajo coste, pero de muy buen trato y con todas las comodidades. Para llegar hasta allí des de la estación se debe caminar un cuarto de hora. Pero se cruza la antigua ciudad otomana, y el parque que divide las dos maravillas de Santa Sofía y la Mezquita Azul. Uno queda aturdido ante la imagen de esos dos colosos, y el corazón se sale del cuerpo de ganas por conocer hasta el último rincón de esta ciudad, que desde el primer momento te enamora.

Una vez instalado y recuperado del trayecto, cuando me he dado cuenta ya pasaba el mediodía. Pero tenia varios días por delante y no quería correr. He decidido empezar nuevamente con un paseo sin dirección. Y intentando situarme he descubierto que en este laberinto de callejuelas, todas llevan tarde o temprano al gran bazar y su entorno. Estar en esas calles era como haber llegado a una ciudad donde no existiese nada más que el comercio. Hábiles vendedores capaces de color una nevera a un esquimal te podían ofrecer cualquier cosa, que siempre era de la mejor calidad y al menor precio, evidentemente. Precio que después de unos minutos de regateo, fácilmente podía verse reducido hasta 30 o 40 veces. Huyendo de la multitud y el bullicio de la zona más turística he ido descendiendo hacia el mar por calles menos transitadas. En ellas he encontrado tiendas y calles exclusivas de botones, ruedas, maderas, clavos, y todo lo que podáis imaginar. Y caminando he llegado hasta una maravilla como el mercado de las especias, donde el color y el olor me han invadido los sentidos. También, debo reconocer, algún que otro sabor, pues he caído en la inevitable tentación. Al salir por la puerta opuesta he desembocado en el Bósforo, otra zona mítica de la ciudad, con su inconfundible Cuerno de Oro. La Mezquita Nueva se levantaba imponente. Dicen que tanto este edificio como el puerto en general y todos sus alrededores han cambiado una barbaridad los últimos años. Y todo gracias a las obras de remodelación del viejo puente de Galata, que han permitido la circulación de las aguas y han acabado con los malos olores y la insalubridad. Ahora es una zona muy agradable, repleta de gente por todos lados y con un tránsito de vehículos infernal. Aquí los manuales de circulación y la ética al volante no deben haber llegado. Sobretodo en el gremio de los taxistas que continuamente se insultan y se dedican gestos de mal gusto entre ellos, pero también contra los viandantes que no se salvan ni transitando por zonas pedestres o pasos de peatones.

Y claro, la siguiente visita era obvia. Tan solo el puente me separaba de un continente virgen para mi, Asia. Parece mentira que dos continentes tan alejados en muchos sentidos, aquí simplemente estén separados por unos centenares de metros de hierro. Pero el puente contenía sorpresas. En la parte inferior, a tocar del agua, muchas más tiendas con sus vendedores escandalosos y a menudo molestos y pesados, y con sus muchos compradores, aquí más del país que turistas. Y también bares y restaurantes que por su situación ofrecían pescado y marisco a un precio más que razonable.

Precisamente este es el primer mercado que te recibe en Asia, el del pescado. No es el único, y las calles y tiendas por doquier se van repitiendo mientras subes y subes hasta llegar a la atracción de esta parte de la ciudad, la Torre de Galata. Des de ella una vista inmejorable de Europa. Una Europa con un skyline lleno de… ¡¡minaretes!! ¿Será una premonición? ¿Será el futuro que nos espera? Como mínimo es una imagen que sorprende, evidentemente.

Cabe decir que hay una gran división en el país en cuanto a religión se refiere. Por un lado quieren que prevalezca el pasado y la fuerza e importancia de la religión musulmana claramente enfrentada al viejo continente cristiano. Pero por el otro son conscientes que su futuro pasa por su integración en la Unión Europea, donde no cabe esta religión, y menos aún los fundamentalismos que algunos también aquí fomentan. Así pues, más que un problema, la religión y el sentimiento que la mueve son un inconveniente. La solución se plantea complicada, y ni mucho menos se encontrará en breve.

Paseando se me ha hecho de noche, y la oscuridad me ha regalado una imagen que horas después ya en la cama no conseguía borrar, y que mucho me temo (o me alegro) no se me borrará en muchos años: la mezquita azul, completamente iluminada precisamente de ese color. Des de su construcción está condenada a competir con la Basílica de Santa Sofía por demostrar cual es mas bella. Y aunque los arquitectos y entendidos dicen que tiene la batalla perdida, los turcos por orgullo y por sentimiento religioso no deja de luchar por conseguirlo. La iglesia de la Divina Sabiduría era una basílica cristiana construida en tiempo de los romanos, y aunque convertida en mezquita durante siglos tras la ocupación musulmana de estas tierras, su pasado no se ha olvidado. Esto llevó a que en 1935 se clausurara como mezquita. Después de siglos y con el enfrentamiento constante entre culturas, devolverla a os cristianos era poco menos que imposible. Fue entonces cuando se decidió que se convirtiese en el Museo de Sofía –porque evidentemente, aquí de Santa nada-.
La mañana siguiente, al entrar, un doble sentimiento. Por un lado el de admiración por una construcción sublime en su interior, sobretodo cuando se tiene en cuenta que su origen data de casi quince siglos atrás. Por otro lado, el de perplejidad por el considerable estado de dejadez. Si estuviese en cualquier otro país europeo de tradición católica como Italia, Francia, Portugal o España, os aseguro que seria una digna competidora de San Pedro del Vaticano, y destino inevitable de peregrinos y turistas. Cuesta de entender que con los medios que tenían hace 1500 años fuesen capaces de construir algo así. Pero entiendo aún menos que con los medios que tenemos en el siglo XXI se esté dejando perder tanta belleza. Aun así, tanto la cúpula como los famosos mosaicos conservan toda su brillantez original.

Al salir, de camino al otro extremo del parque, he entrado en los antiguos baños. Hoy en día solo conservan su estructura arquitectónica original, pero sin agua. Lo que llena en la actualidad las diferentes salas es una multitud de alfombras, pues es el museo nacional de estos elementos decorativos que aquí son mucho más que importantes y auténticas obras de arte.

Y final, una vez cruzado el parque, la Mezquita Azul, aquí conocida como Sultan Ahmet Camili. Es la primera ocasión en que entraré en un templo sagrado musulmán y creo que hacerlo en un edificio así es un estreno de altura. Quiero decir que estéticamente, al menos por su exterior, para mi gusto es mucho más encantadora que Santa Sofía. Hasta el patio interior se puede entrar sin problemas y no se pasa ningún control. Es una especie de claustro con una fuente de abluciones en su centro. Antiguamente lugar de cordura, tranquilidad, razonamiento, cultura, pensamiento, reflexión. Hoy, nido de turistas en casa ajena, que ni saben como comportarse ni saben muy bien hacia donde dirigirse. Es este el punto en que como si de un rebaño de ovejas se tratase, nos separan a los creyentes con los que no lo son. Alguna mente superior intenta colarse disfrazado entre los primeros como hicieron siglos atrás los primeros cristianos en pisar los sitios sagrados musulmanes. Pero observo que hace falta algo más que unas ropas propias de la tierra para pasar, y el hecho de mantener una larga conversación en árabe parece la prueba imprescindible. Entran por la puerta principal que está en el patio, y tiene libre acceso a todo el templo. Bueno, si se es hombre. Las mujeres no tienen ese privilegio.

Los turistas, siempre que la visita sea en horas donde no se realiza culto, entran en el interior de la Mezquita por un lateral. Se puede cruzar de un extremo a otro, sin poder pisar la zona destinada a la oración de los creyentes. Puede observarse la tribuna imperial, cubierta por una celosía de mármol, que se encuentra a la izquierda; el trozo de piedra negra sagrada procedente de la Kaaba, en la Meca, que se halla incrustado en el mihrab. Me llama la atención y me resulta denigrante el hecho que los turistas, aún no siendo creyentes, pueden acercarse más que las propias mujeres musulmanas. Para estas hay destinadas una especie de jaulas de madera cercanas a la entrada donde prácticamente ni se adivina lo que hay en el interior. Cabe destacar que esta norma se la saltan bastantes musulmanas, sobretodo jóvenes. Puedo escuchar a un guía explicar a su grupo que son chicas mas modernas y que habitualmente no son de la ciudad, y están de viaje con sus parejas, es decir, aún siendo musulmanas, no dejan de ser turistas como nosotros. Explica que esa situación en otros países islámicos sería impensable aun hoy en día, pues la chica arriesgaría seriamente su propia vida de atreverse a hacerlo. Entre risas, añade, “de echo, en ninguno de esos países habría guiris descalzos o con calcetines, tapaditos con pareos, y con cámaras de fotos disparando hacía todos los rincones. Esos si que estarían en peligro.” Todos ríen, pero yo pienso que es para llorar…

Pero vamos a lo más importante. La cúpula es también muy grande, pero en este caso esta muy engalanada. Eso si, la soportan cuatro columnas tan inmensas que para abrazarlas serían necesarias siete u ocho personas. Dicen los entendidos que es ese hecho el que le resta mérito en comparación con Santa Sofía. Aún así, la belleza de la Mezquita Azul queda fuera de toda duda. Sin ser creyente, el solo hecho de estar en su interior y observar tal maravilla te transmite un cúmulo de sensaciones que no se sienten en cualquier lugar. A diferencia de las iglesias cristianas, hay mucha luz natural y también artificial proveniente de la multitud de lámparas que cuelgan del techo. Ninguna imagen y decoración solo mediante figuras geométricas. Y tan solo con eso consigue una belleza tan grande que a uno se le rompen todos los esquemas. Más tarde, en la Mezquita Nueva, y la Mezquita del Sultán Suleyman (Süleymaniye) he repetido la escena y también se han repetido las sensaciones. En todas el reconocimiento de que sin las excentricidades del barroco se puede llegar al summum de lo que es maravilloso.

Quiero también dedicar unas líneas a otra Basílica poco conocida Yerebatan sarnici, que muchos han descubierto en los últimos años y que consideran es el mejor secreto de la ciudad. Se trata de la cisterna que el emperador Justiniano hizo construir en el siglo VI para proveer de agua a la ciudad y su palacio. Gracias a las 336 columnas de casi setenta metros de altura recibe el nombre de Basílica. Des de hace unos años, con la iluminación y música de fondo mas adecuadas se puede gozar de una visita por su interior. Solo por el ambiente fresco y húmedo, si visitamos la ciudad en el caluroso verano, se convierte en una gran idea para pasar unas horas del mediodía. Pero no hay que olvidar que lo que realmente merece la pena es poder observar la construcción en si, con un gran número de columnas romanas de gran valor, esculturas como la de Medusa, o la llamada fuente de los deseos. Un paseo muy interesante.

Para el último día en la ciudad me he reservado el maravilloso Palacio Topkapi. Muy poco tiene que ver esta construcción con los palacios reales que había visitado en mis anteriores paradas. Se aleja mucho del concepto de palacio de Versalles en París o de Schönbrunn en Viena. En este caso se trata de pequeños edificios de planta baja conectados entre si de forma directa o mediante alguno de los cuatro patios principales e interiores. Da la sensación de que los occidentales buscaban la ostentación, y que los aquí, a parte también buscaban la comodidad. Hay multitud de rincones por todos lados donde relajarse y pasar ratos agradables, tanto en las horas de más calor, como en el resto.

Paseando por los diferentes aposentos, no es difícil trasladarse a la época en que el harem estaba lleno de bellas e inteligentes chicas destinadas a que perpetuaran la dinastía del sultán y con el único propósito de hacerlo feliz. Las más afortunadas llegaban a ser concubinas y las que tenían aun más suerte, favoritas. También aparecen como no los eunucos, arriba y abajo por los pasillos vigilando el orden. Si, la familia del sultán debía vivir muy bien, sobretodo viendo el lugar donde lo hacía.

Las visitas de los patios y jardines son impresionantes. Me podría pasar horas observando sin hacer nada, solo contemplando la ciudad, el Bósforo y el Cuerno de Oro, Sultanahmet, Santa Sofía, … Todo depende de en que dirección se quiera mirar, pues su localización privilegiada nos permite dominar todos los horizontes.

Que poco podían imaginar entonces, cuando lo construyeron, que a principios del siglo XXI su reducto de placer y tranquilidad sería un nido de turistas llamativos y escandalosos que se pelearían para hacerse sitio en los mejores encuadres para fotografías, y que correrían de un lugar a otro porque en dos horitas quieren verlo todo. Me temo que más de un Sultán preferiría derruir el palacio antes que presenciar una de estas estresantes jornadas de verano. Pero es lo que hay.

Estambul, en definitiva, una ciudad donde os aconsejo que os perdáis en cuanto tengáis la ocasión. Yo lo volveré ha hacer, pues tengo la sensación que solo la he conocido superficialmente.

19 nov 2007

Sofía, una mezcla de culturas.

8/08/07 22:10

El tren desde Serbia entra en Bulgaria atravesando una zona montañosa. Despertarse viendo por la ventana como el tren avanza cruzando un paisaje que en mi país seria considerado de alta montaña, ha sido un placer. Lo más semejante que había vivido antes era subir con el cremallera de Núria hasta el santuario al pie del Puigmal. La niebla y el sol naciente completaban una escena bucólica. Prados verdes, abetos y pinos negros, y rocas moldeadas por las inclemencias meteorológicas. Podríamos pensar que estábamos en un lugar mucho más alto. Pero no, poco a poco el tren se abre camino hasta una gran planicie rodeada por montañas de hasta 2500 metros de altura. Y en el medio se levanta la ciudad de Sofía, la capital de Bulgaria.

El brillante entorno natural disimula la presencia de barrios marginales, que aunque no en el mismo número que en Belgrado, aquí también son presentes. La estación es más grande y bien cuidada, con más andanas y vías; pero también queda lejos de lo que se espera en el siglo XXI en Europa. El ambiente enrarecido se contagia con la gente y el entorno, donde la misma policía te sugiere que permanezcas el mínimo tiempo posible. No es nada seguro, dicen, y menos para los extranjeros. Cabe decir que yo he dejado mi mochila en la consigna de la estación y luego he salido a pie hacia el centro, a casi un kilómetro de distancia, sin tener el más mínimo problema.

Para empezar a describiros la ciudad os pondré un ejemplo que creo que resultará muy útil para entenderme. En poco menos de 500 metros de distancia he podido visitar la sinagoga judía, la mezquita musulmana, los baños turcos, una iglesia cristiana, una basílica ortodoxa y una iglesia rusa ortodoxa. Para que después haya quién se atreva a decir que las diferentes culturas religiosas no pueden compartir espacios y convivir. Y es que Sofía es eso, el resultado de la mezcla de idas y venidas de unos y otros que llevan más de dos mil años para arriba y para abajo en estas tierras.

El centro de la ciudad, y donde se concentran los visitantes, es donde podemos encontrar las diferentes construcciones religiosas, los edificios gubernamentales, y lo que queda de un pequeño y antiguo palacio y sus jardines. Completan el conjunto las huellas de la época comunista, presentes en grandes edificios y monumentos. Entre los primeros cabe destacar la Iglesia católica cristiana de Santa Sofía que con más de mil años de antigüedad da nombre a la ciudad. En el oeste conserva una llama eterna muy visitada. Aunque parece insignificante ante la magnitud de la Iglesia de Alexander Nevski construida entre finales del s.XIX y principios del s.XX en honor de los más de dos cientos mil rusos que murieron para liberar al país de la ocupación otomana. Entre los segundos, muy cerca se encuentra la estatua del Zar Osvoboditel, en la plaza Narodno Sabrani.

Hacia el oeste, alrededor de los jardines de Sofía que rodean calles con adoquines dorados, se encuentra el palacio real, hoy sede del museo etnográfico y la galería de arte nacional. También la iglesia rusa de San Nicolás, mucho más pequeña que las anteriores, pero con un encanto especial. En esa zona se haya también el edificio del partido, hoy casa presidencial. Está cerrado al público, pero desde el exterior se puede presenciar el cambio de guardia cada hora mientras es de día.

Desde la plaza de San Nedelya donde se encuentra la catedral del mismo nombre, vale la pena pasear a lo largo del Boulevard Vitosha, el corazón comercial de la capital. Siguiéndolo hacia el sur podemos llegar hasta el parque Yuzhen. En esa zona mes aconsejaron visitar el restaurante Divaka para degustar la cocina típica del país. Así lo hice, y por muy poco dinero pude probar diferentes y gustosos platos.

No es una ciudad imprescindible, pero si interesante y se puede ver en un día, pues todo esta muy cercano. Aunque como me aconsejaron en la propia oficina de turismo, si se tiene poco tiempo es mejor gastarlo en descubrir los maravillosos rincones del país, que nos resultaran mucho más agradables que la capital.

Pero si lo vais a hacer en tren, cuidado con los horarios. Cuando reserve el billete me indicaron que quería decir cada columna de la pantalla de llegadas y salidas, pues estaba escrito en cirílico y era imposible entenderlo. Una de las columnas me dijeron que era la de los minutos. Pregunté ¿minutos de que? Y con cara de sorpresa la chica me dijo, de retardo. En aquel momento pensé, mira que majos, están en todo y por si acaso han incluido la columna de retardos. Cuando llegué a la estación al atardecer –el tren salía a las 19:30 h.- me pasé media hora corriendo arriba y abajo, de andana en andana, de información a los revisores y a la inversa, buscando el maldito tren que me tenía que llevar a Estambul. A las 19:25 h., desesperado y empezando a temerme que perdía el tren, un par de chicas se acercaron a mi y me preguntaron que tren buscaba. Eran dos chicas francesas que también hacían el Interrail, pero con más días de experiencia en el país que yo. Sonrieron y me dijeron, mira la columna de los minutos, ni tan solo han puesto cuantos todavía, no sufras. Y efectivamente, al cabo de un rato apareció un 40 en dicha columna de minutos de retardo. De hecho, todos los trenes tenían alguna cifra en esa columna. La nuestra fue aumentando hasta los 120 minutos. Y efectivamente, a las 21:30 horas subía al tren después de haber cenado en la estación y compartido experiencias y aventuras con las dos chicas. Eso si, escoltados en todo momento con mucha discreción por un par de policías que en ningún momento nos perdieron de vista ni a nosotros ni a nuestros equipajes, supongo que para disgusto de algunos individuos poco recomendables que tampoco nos quitaron el ojo de encima durante ese tiempo.

14 nov 2007

Perdido en Belgrado sin entender el alfabeto cirílico


07/08/07 21:10

La llegada a Belgrado da medio miedo, por no decir que miedo entero. El tren des de Zagreb llega cruzando a velocidad muy lenta los barrios mas degradados de la urbe, donde se concentra la población más desfavorecida en aglomeraciones de barracas hechas con cualquier cosa, rodeados de suciedad e insalubridad por todos lados. Y rodeados también de múltiples industrias que parecen no percatarse de la presencia de la gente y dejar ir humos y todo tipo de residuos a toda máquina. Realmente ver cosas así te pone el corazón en un puño y te hace plantearte tantas cosas…

La zona de Nova Belgrado cambia las barracas por edificios mastodónticos, de color gris o directamente negro por la contaminación. Un estilo soviético y comunista llevado al extremo, que mejora las barracas, pero no en exceso. Cuando se llega al río y mientras uno piensa si el amasijo de hierros que actúa de puente y lo cruza se aguantará, se certifica que el medio ambiente no preocupa nada en la zona. Es como una gran cloaca donde va a parar todo lo que produce el infierno por donde acaba de pasar el tren. Pero el río también es una especie de frontera, pues rápidamente la vista mejora por la ventana. Aún así la llegada a la estación sigue siendo el de una ciudad desolada, muy lejos de lo que debería ser una capital europea. Aconsejo que lo mejor que se puede hacer es subir a un tranvía y alejarse de la zona hacia el centro.

Ha sido un acierto empezar la visita por la Ciudadela de Kalemegdan. Ver la ciudad desde las alturas siempre te da una perspectiva general que suele dar muy buena impresión. El fortín está situado en una colina geoestratégica que controla no solo toda la ciudad y su entorno, sino la confluencia de los dos grandes ríos que la cruzan, el Sava y el Danubio. Por eso des de épocas romanas ha estado pasando de manos de unos ejércitos a otros y protagonista de mil batallas. El último en esconderse allí, dicen, fue Milosevic ante los bombardeos aliados y norteamericanos de la guerra de los Balcanes.

Ahora, a parte de ofrecer maravillosas vistas, se ha convertido en un museo militar con múltiples piezas de artillería de diferentes épocas repartidas por el recinto. Hay también más de un carro de combate, que según como parece más bien abandonado después del conflicto que expuesto al público en general. Todo en un recinto de arquitectura medieval donde destaca la puerta de Stambol. Es curioso observar como se han aprovechado los fosos del recinto militar para albergar pistas de tenis y de baloncesto que pertenecen a las prestigiosas entidades de la ciudad como el Partizan, el Estrella Roja, el FMP Zeleznik y otros. Nunca antes había respirado tanto ambiente de baloncesto en una ciudad como en Belgrado. Y ya no solo en la zona de las pistas, repletas de chicos y chicas y sus familias y algún que otro ojeador, sino en los bares, las tiendas, la forma de vestir de los jóvenes, y en cualquier rincón y detalle. Es más que una pasión.

El hecho de que se utilice el alfabeto cirílico es un gran problema para el viajero. Resulta realmente difícil orientarse, pues los nombres de las calles en las placas están escritos de forma ilegible para los que no conocen el idioma. Aun teniendo un buen mapa y una buena guía, resulta complicado saber donde te encuentras. Por deformación profesional, escogía a jóvenes baloncestistas para preguntar, y mi sorpresa ha sido comprobar que la mayoría no eran de la capital, y solo venían a entrenar o buscar equipo.

Des de la cima, al igual que en Zagreb, tan solo es necesario bajar para encontrarse el centro de la ciudad, donde se reúne la zona antigua, la zona comercial y la de ocio más concurrida. Es entonces cuando empieza la ciudad más interesante y muy distante del principio de mi descripción. Dejadme que os lo explique.

Lo primero que cabe destacar es el gran ambiente. A las 15:30 horas prácticamente todo el mundo finaliza la jornada laboral y literalmente invaden las calles como si cada día fuese sábado. Todo esta lleno: tiendas, terrazas, bares,… Una camarera de un bar, mientras mes sirve una cerveza, me comenta que entre guerras y Milosevic han perdido demasiado tiempo de su vida y que ahora es momento de aprovechar el que toca y el que habían perdido anteriormente. Esta zona, y la calle comercial por excelencia -Kneza Mihailova- nada tienen que envidiar a cualquier boulevard europeo. Vaya, para que me entendáis, hay un Zara.

Y en cuanto a edificios históricos que merezca la pena visitar, dejarme destacar dos. De largo el imprescindible –si hay alguno de esta categoría- es la Basílica ortodoxa de San Marco. Ha sido el primer gran templo ortodoxo en el que he entrado, y la sensación ha sido extraña. Una gran amplitud y muy poca ornamentación. Grandes lámparas colgando del techo y una distribución del espacio muy diferente a un recinto católico. Sin bancos, sin altar, sin ninguna de las referencias que uno espera encontrar en una iglesia. Claro está, si se mira des de una perspectiva católica occidental. Justo detrás de esta gran construcción se encuentra una minúscula iglesia, que es el segundo de los edificios a que me quiero referir. Es la iglesia Rusa, vestigio de la época de dominación soviética.



Sobretodo si se pasa una noche en la ciudad, vale la pena cenar y tomar algo en la calle Skadarska, que se presenta como el barrio más bohemio de la ciudad y con un ambiente más moderno y noctánbulo.

La Plaza de la República, el Palacio de la Princesa Ljubice y justo al lado el bar "?" -no, no es que no me acuerde del nombre, es que el signo de interrogación es el nombre- son el resto de lugares de interés para el visitante esporádico dela ciudad. Y poco más. Los mismos habitantes de Belgrado suelen decir que su ciudad es muy fea, pero que es la suya y les gusta. ¿Qué queréis que añada yo a eso?

Una capital descafeinada

6/08/07 21:15

Hoy el destino ha sido Zagreb, la capital de Croacia. Para un amante del baloncesto como yo, pisar estas calles es muy especial. Pero debo reconocer que más allá de la mítica Cibona no conocía nada de la villa. Tampoco estaba seguro de que encontraría, y en que estado estaría después de la no tan lejana guerra de los Balcanes. Por lo tanto, empezaba mi paseo habitual con todos los sentidos bien alerta y toda mi sensibilidad a punto para recibir todo lo que el entorno me proporcionara.

Y me he encontrado una ciudad llena de obras de infraestructuras y restauraciones de edificios. Dicen los habitantes con los que he podido hablar sobre el tema que no es una consecuencia directa de la guerra, ya que la ciudad no sufrió directamente el conflicto. Pero si que se puede encontrar una relación. Las ayudas de la Unión Europea y otros organismos internacionales y países si que llegaron hasta aquí una vez finalizado el enfrentamiento. Y ahora Croacia, y evidentemente su capital, se están intentando modernizar a marchas forzadas. En este caso, para distanciarse definitivamente de Serbia y llamar a la puerta de Europa.

A parte de eso, el centro de Zagreb no se diferencia mucho del de otras ciudades del centro y este de Europa. Al pié de una colina se concentra la catedral y la zona medieval, con un barrio de edificios renacentistas y barrocos que recuerda el esplendor de otras épocas y que ahora son sedes de museos y administraciones públicas. Como no, lleno de calles comerciales por donde el típico bullicio de gente viene y va. La más concurrido es la calle Ilica, sobretodo en las cercanías de la Plaza Jelacica.

Otra zona que vale la pena visitar, sobretodo des de la cena hasta la madrugada, es la calle Radiceva y sus alrededores. Repleto de bares, terrazas y restaurantes, siempre se podrá compartir el ambiente de vivir en la calle. Me comenta un croata que ellos viven más en la calle que en el interior de sus casas. Y esto no solo se observa en los lugares de ocio, también en parques y zonas públicas, sobretodo cuando el clima acompaña.

Pero todo ello, aunque es interesante, carece de un interés especial, de un atractivo concreto. Quizá eso explique la ausencia prácticamente absoluta de turistas y de todo aquellos que los rodea habitualmente. Algunos deben pensar que mucho mejor así, y no lo discuto; pero es un indicativo muy claro y evidente para una capital europea sobre el interés que despierta. Es por eso que opino que el tiempo que se debe dedicar a conocerla es más bien escaso. Coinciden conmigo también los propios croatas, que me aseguran que en el país hay rincones maravillosos mucho mejores para dedicar días.