9-10-11/08/07
Pensaba que después del trayecto en tren des de
Hungría a
Italia, en que cruce

diversas fronteras a lo largo de la noche, o el de Italia hasta
Zagreb, donde se repitió la historia, sería difícil superar una noche más movida en un vagón de tren. Pero estaba equivocado, pues salir de
Bulgaria (Sofía) para entrar en
Turquía (Estambul) fue toda una aventura que prefiero explicar por si le puedo evitar el disgusto a alguien.
El hecho de que el tren sea nocturno y de que los horarios no tengan la mas mínima importancia, pues los retardos son de hasta cuatro horas, implica que en algún momento indeterminado de la noche se llegue a la frontera búlgaro-turca. Yo lo hice en la ida hacia las tres de la madrugada. La clave del tema es que la frontera es también entre la
Unión Europea y
Turquía. Y para entrar en el país semiasiático es necesario pasar muchos más controles y tener el visado. Lo común en todas las fronteras anteriores era que alguien picaba a la puerta del compartimiento o pasaba por el pasillo del vagón y te hacia enseñar la documentación. En cada frontera, primero lo hacían los cuerpos de seguridad del país que abandonas, y luego los del país en que entras. En este caso, los del país del cual salía el tren (
Bulgaria) cumplieron el ritual. El problema llegó cuando al llegar a la frontera turca el tren se detuvo y el que pasó por cada vagón picando a la puerta de los compartimientos fue el revisor.
Medio dormidos, los extranjeros vimos como los locales empezaban a bajar del tren como locos. A esas horas de la mañana y ante ninguna explicación la reacción de sorpresa se mezcla con la de no saber que hacer. Finalmente alguien dice que no subirá la policía al tren, y que debemos bajar nosotros. Así pues, nos vestimos con lo primero que pillamos y bajamos a la ya inmensa cola ante la pequeña comisaría donde un solo policía atendía a todos los pasajeros de un tren que viene tanto de
Sofía como de
Salónica y
Atenas – los dos originales se unen en uno antes de entrar al país -. El otro gran dilema es que hacer con el equipaje, pues el tren se vacía por completo y cualquiera puede subir y bajar a sus anchas, con lo que si tu vagón ha quedado lejos de la comisaría, el temor a no volverlo a ver crece por momentos. El consejo evidente es no dejarlo solo.
Como media hora después empezó a tocar a los primeros extranjeros, y siguieron las sorpresas.
“Señor, ud. no tiene visado, no puede entrar en el país”. Corre el pánico en la fila, nadie lo tiene. Hasta que algún nativo entre risas indica otro edificio en un rincón de la estación, el más alejado, donde dice debe haber una secretaria que nos dará el visado. Poco a poco y no sin desconfianza la gente se acerca, y efectivamente una señorita se ofrece a vendernos el visado. Pero llega la hora de pagar y solo acepta moneda turca. Como es normal, prácticamente nadie lleva y todos intentan pagar con euros o dólares. Se hace la difícil, y después de rogárselo acepta los euros o dólares, pero con un incremento significativo. Peor lo tienen los que no llevan moneda en efectivo. Ni puede cobrar con tarjeta, ni hay ningún cajero donde sacar moneda en kilómetros a la redonda. Unos y otros echamos una mano, pero no hay suficiente dinero en efectivo para dejárselo a todo el mundo, y no todos despiertan la confianza suficiente. Resultado, una docena de personas no consiguen el visado y se les niega la entrada en
Turquía. Los demás, vuelta a la primera fila y finalmente, nos ponen el maldito sello. Una hora y media después de bajar del tren, hacía las 4:30 de la mañana, me vuelvo a meter en la cama.
Con todo, el sol del nuevo día no tarda en recibirme, evidentemente aún dentro del tren. El paisaje montañoso de
Bulgaria ya se ha convertido en un típico paisaje mediterráneo. Rápidamente lo relacione con lo que había visto antes de
Grecia y
Turquía en documentales, revistas y demás. Campos de cultivos de cereales, que como toca en Agosto eran alfombras interminables de color amarillo. Los rodean bosques, pequeñas colinas, alguna casa aislada, muchos caminos de tierra… En fin, muy familiar.

El paisaje urbano se ha ido abriendo paso lentamente al principio, para hacerlo de forma contundente al final. Mucho antes de llegar
Estambul empieza la gran urbe con poblaciones vecinas, que reúnen a millones de habitantes, con todo lo que eso conlleva. De largo es la mayor ciudad de todo el viaje, y pensaba que eso sería un defecto. Aunque kilómetros antes de que ni tan solo se insinúe el centro y su conocido
skyline, ya todo el horizonte se llena de edificios, calles, carreteras y puentes, un detalle me llama la tención. No es nada comparable con las últimas capitales en las que me había detenido (
Zagreb, Belgrado y Sofía). Todo es mucho más ordenado, limpio, y agradable a la vista. Tenía una imagen preconcebida muy distinta, y me esperaba un caos de ciudad, y al encontrarme justo lo contrario, me ha dado una buena alegría. Des del tren se puede ver alguna de las casas de madera típicas de la ciudad que aun quedan en pie.
La buena impresión aumenta al llagar a la estación. Aunque no es muy grande, esta si que es digna de una gran ciudad, y también muy distinta a las últimas en las que me había apeado. El albergue ha mandado un empleado a recogerme, pero debíamos esperar otro viajero que llegaba en un tren justo después. Como es normal, el
“justo” se ha convertido en casi una hora por los habituales retardos. Eso me ha permitido visitar el bonito museo del ferrocarril. Ha sido entonces cuando me he percatado del hecho que en esa misma andana donde yo había llegado, durante décadas lo había hecho el mítico
Orient Express. He podido pasearme un buen rato entre joyas del convoy, documentos y fotografías.
Y al cabo de un rato, con mi guía de lujo, ya paseaba por las calles de esta histórica ciudad. El albergue era muy céntrico, en una zona tan conocida como
Sultanahmed. A lo largo de la calle
Akbiyik y sus alrededores hay una gran cantidad de alojamientos a bajo coste, pero de muy buen trato y con todas las comodidades. Para llegar hasta allí des de la estación se debe caminar un cuarto de hora. Pero se cruza la antigua ciudad otomana, y el parque que divide las dos maravillas de
Santa Sofía y la
Mezquita Azul. Uno queda aturdido ante la imagen de esos dos colosos, y el corazón se sale del cuerpo de ganas por conocer hasta el último rincón de esta ciudad, que desde el primer momento te enamora.
Una vez instalado y recuperado del trayecto, cuando me he dado

cuenta ya pasaba el mediodía. Pero tenia varios días por delante y no quería correr. He decidido empezar nuevamente con un paseo sin dirección. Y intentando situarme he descubierto que en este laberinto de callejuelas, todas llevan tarde o temprano al
gran bazar y su entorno. Estar en esas calles era como haber llegado a una ciudad donde no existiese nada más que el comercio. Hábiles vendedores capaces de color una nevera a un esquimal te podían ofrecer cualquier cosa, que siempre era de la mejor calidad y al menor precio, evidentemente. Precio que después de unos minutos de regateo, fácilmente podía verse reducido hasta 30 o 40 veces. Huyendo de la multitud y el bullicio de la zona más turística he ido descendiendo hacia el mar por calles menos transitadas. En ellas he encontrado tiendas y calles exclusivas de botones, ruedas, maderas, clavos, y todo lo que podáis imaginar. Y

caminando he llegado hasta una maravilla como el mercado de las especias, donde el color y el olor me han invadido los sentidos. También, debo reconocer, algún que otro sabor, pues he caído en la inevitable tentación. Al salir por la puerta opuesta he desembocado en el
Bósforo, otra zona mítica de la ciudad, con su inconfundible
Cuerno de Oro.
La Mezquita Nueva se levantaba imponente. Dicen que tanto este edificio como el puerto en general y todos sus alrededores han cambiado una barbaridad los últimos años. Y todo gracias a las obras de remodelación del viejo
puente de Galata, que han permitido la circulación de las aguas y han acabado con los malos olores y la insalubridad. Ahora es una zona muy agradable, repleta de gente por todos lados y con un tránsito de vehículos infernal. Aquí los manuales de circulación y la ética al volante no deben haber llegado. Sobretodo en el gremio de los taxistas que continuamente se insultan y se dedican gestos de mal gusto entre ellos, pero también contra los viandantes que no se salvan ni transitando por zonas pedestres o pasos de peatones.
Y claro, la siguiente visita era obvia. Tan solo el puente me separaba de un continente virgen para mi,
Asia. Parece mentira que dos continentes tan alejados en muchos sentidos, aquí simplemente estén separados por unos centenares de metros de hierro. Pero el puente contenía sorpresas. En la parte inferior, a tocar del agua, muchas más tiendas con sus vendedores escandalosos y a menudo molestos y pesados, y con sus muchos compradores, aquí más del país que turistas. Y también bares y restaurantes que por su situación ofrecían pescado y marisco a un precio más que razonable.
Precisamente este es el primer mercado que te recibe en Asia, el del pescado. No es el único, y las calles y tiendas por doquier se van repitiendo mientras subes y subes hasta llegar a la atracción de esta parte de la ciudad, la
Torre de Galata. Des de ella una vista inmejorable de
Europa. Una Europa con un skyline lleno de… ¡¡minaretes!! ¿Será una premonición? ¿Será el futuro que nos espera? Como mínimo es una imagen que sorprende, evidentemente.
Cabe decir que hay una gran división en el país en cuanto a religión se refiere. Por un lado quieren que prevalezca el pasado y la fuerza e importancia de la religión musulmana claramente enfrentada al viejo continente cristiano. Pero por el otro son conscientes que su futuro pasa por su integración en la Unión Europea, donde no cabe esta religión, y menos aún los fundamentalismos que algunos también aquí fomentan. Así pues, más que un problema, la religión y el sentimiento que la mueve son un inconveniente. La solución se plantea complicada, y ni mucho menos se encontrará en breve.
Paseando se me ha hecho de noche, y la oscuridad me ha regalado una imagen que horas

después ya en la cama no conseguía borrar, y que mucho me temo (o me alegro) no se me borrará en muchos años: la
mezquita azul, completamente iluminada precisamente de ese color. Des de su construcción está condenada a competir con la
Basílica de Santa Sofía por demostrar cual es mas bella. Y aunque los arquitectos y entendidos dicen que tiene la batalla perdida, los turcos por orgullo y por sentimiento religioso no deja de luchar por conseguirlo. La
iglesia de la Divina Sabiduría era una basílica cristiana construida en tiempo de los romanos, y aunque

convertida en mezquita durante siglos tras la ocupación musulmana de estas tierras, su pasado no se ha olvidado. Esto llevó a que en 1935 se clausurara como mezquita. Después de siglos y con el enfrentamiento constante entre culturas, devolverla a os cristianos era poco menos que imposible. Fue entonces cuando se decidió que se convirtiese en el
Museo de Sofía –porque evidentemente, aquí de Santa nada-.
La mañana siguiente, al entrar, un doble sentimiento. Por un lado el de admiración por una construcción sublime en su interior, sobretodo cuando se tiene en cuenta que su origen data de casi quince siglos atrás. Por otro lado, el de perplejidad por el considerable estado de dejadez. Si estuviese en cualquier otro país europeo de tradición católica como Italia, Francia, Portugal o España, os aseguro que seria una digna competidora de San Pedro del Vaticano, y destino inevitable de peregrinos y turistas. Cuesta de entender que con los medios que tenían hace 1500 años fuesen capaces de construir algo así. Pero entiendo aún menos que con los medios que tenemos en el siglo XXI se esté dejando perder tant

a belleza. Aun así, tanto la cúpula como los famosos mosaicos conservan toda su brillantez original.
Al salir, de camino al otro extremo del parque, he entrado en los
antiguos baños. Hoy en día solo conservan su estructura arquitectónica original, pero sin agua. Lo que llena en la actualidad las diferentes salas es una multitud de alfombras, pues es el museo nacional de estos elementos decorativos que aquí son mucho más que importantes y auténticas obras de arte.
Y final, una vez cruzado el parque, la
Mezquita Azul, aquí conocida como
Sultan Ahmet Camili. Es la primera ocasión en que entraré en un templo sagrado musulmán y creo que hacerlo en un edificio así es un estreno de altura. Quiero

decir que estéticamente, al menos por su exterior, para mi gusto es mucho más encantadora que Santa Sofía. Hasta el patio interior se puede entrar sin problemas y no se pasa ningún control. Es una especie de claustro con una fuente de abluciones en su centro. Antiguamente lugar de cordura, tranquilidad, razonamiento, cultura, pensamiento, reflexión. Hoy, nido de turistas en casa ajena, que ni saben como comportarse ni saben muy bien hacia donde dirigirse. Es este el punto en que como si de un rebaño de ovejas se tratase, nos separan a los creyentes con los que no lo son. Alguna mente superior intenta colarse disfrazado entre los primeros como hicieron siglos atrás los primeros cristianos en pisar los sitios sagrados musulmanes. Pero observo que hace falta algo más que unas ropas propias de la tierra para pasar, y el hecho de mantener una larga conversación en árabe parece la prueba imprescindible. Entran por la puerta principal que está en el patio, y tiene libre acceso a todo el templo. Bueno, si se es hombre. Las mujeres no tienen ese privilegio.
Los turistas, siempre que la visita sea en horas donde no se realiza culto, entran en el interior de la Mezquita por un lateral. Se puede cruzar de un extremo a otro, sin poder pisar la zona destinada a la oración de los creyentes. Puede observarse la tribuna imperial, cubierta por una celosía de mármol, que se encuentra a la izquierda; el trozo de
piedra negra sagrada 
procedente de la
Kaaba, en la
Meca, que se halla incrustado en el mihrab. Me llama la atención y me resulta denigrante el hecho que los turistas, aún no siendo creyentes, pueden acercarse más que las propias mujeres musulmanas. Para estas hay destinadas una especie de jaulas de madera cercanas a la entrada donde prácticamente ni se adivina lo que hay en el interior. Cabe destacar que esta norma se la saltan bastantes musulmanas, sobretodo jóvenes. Puedo escuchar a un guía explicar a su grupo que son chicas mas modernas y que habitualmente no son de la ciudad, y están de viaje con sus parejas, es decir, aún siendo musulmanas, no dejan de ser turistas como nosotros. Explica que esa situación en otros países islámicos sería impensable aun hoy en día, pues la chica arriesgaría seriamente su propia vida de atreverse a hacerlo. Entre risas, añade, “de echo, en ninguno de esos países habría guiris descalzos o con calcetines, tapaditos con pareos, y con cámaras de fotos disparando hacía todos los rincones. Esos si que estarían en peligro.” Todos ríen, pero yo pienso que es para llorar…

Pero vamos a lo más importante. La cúpula es también muy grande, pero en este caso esta muy engalanada. Eso si, la soportan cuatro columnas tan inmensas que para abrazarlas serían necesarias siete u ocho personas. Dicen los entendidos que es ese hecho el que le resta mérito en comparación con Santa Sofía. Aún así, la belleza de la Mezquita Azul queda fuera de toda duda. Sin ser creyente, el solo hecho de estar en su interior y observar tal maravilla te transmite un cúmulo de sensaciones que no se sienten en cualquier lugar. A diferencia de las iglesias cristianas, hay mucha luz natural y también artificial proveniente de la multitud de lámparas que cuelgan del techo. Ninguna imagen y decoración solo mediante figuras geométricas. Y tan solo con eso consigue una belleza tan grande que a uno se le rompen todos los esquemas. Más tarde, en la Mezquita Nueva, y la
Mezquita del Sultán Suleyman (Süleymaniye) he repetido la escena y también se han repetido las sensaciones. En todas el reconocimiento de que sin las excentricidades del barroco se puede llegar al summum de lo que es maravilloso.

Quiero también dedicar unas líneas a otra Basílica poco conocida
Yerebatan sarnici, que muchos han descubierto en los últimos años y que consideran es el mejor secreto de la ciudad. Se trata de la cisterna que el emperador Justiniano hizo construir en el siglo VI para proveer de agua a la ciudad y su palacio. Gracias a las 336 columnas de casi setenta metros de altura recibe el nombre de Basílica. Des de hace unos años, con la iluminación y música de fondo mas adecuadas se puede gozar de una visita por su interior. Solo por el ambiente fresco y húmedo, si visitamos la ciudad en el caluroso verano, se convierte en una gran idea para pasar unas horas del mediodía. Pero no hay que olvidar que lo que realmente merece la pena es poder observar la construcción en si, con un gran número de columnas romanas de gran valor, esculturas como la de Medusa, o la llamada fuente de los deseos. Un paseo muy interesante.
Para el último día en la ciudad me he reservado el maravilloso
Palacio Topkapi.

Muy poco tiene que ver esta construcción con los palacios reales que había visitado en mis anteriores paradas. Se aleja mucho del concepto de palacio de Versalles en París o de Schönbrunn en Viena. En este caso se trata de pequeños edificios de planta baja conectados entre si de forma directa o mediante alguno de los cuatro patios principales e interiores. Da la sensación de que los occidentales buscaban la ostentación, y que los aquí, a parte también buscaban la comodidad. Hay multitud de rincones por todos lados donde relajarse y pasar ratos agradables, tanto en las horas de más calor, como en el resto.
P

aseando por los diferentes aposentos, no es difícil trasladarse a la época en que el harem estaba lleno de bellas e inteligentes chicas destinadas a que perpetuaran la dinastía del sultán y con el único propósito de hacerlo feliz. Las más afortunadas llegaban a ser concubinas y las que tenían aun más suerte, favoritas. También aparecen como no los eunucos, arriba y abajo por los pasillos vigilando el orden. Si, la familia del sultán debía vivir muy bien, sobretodo viendo el lugar donde lo hacía.
Las visitas de los patios y jardines son impresionantes. Me podría pasar horas observando sin hacer nada, solo contemplando la ciudad, el Bósforo y el C

uerno de Oro, Sultanahmet, Santa Sofía, … Todo depende de en que dirección se quiera mirar, pues su localización privilegiada nos permite dominar todos los horizontes.
Que poco podían imaginar entonces, cuando lo construyeron, que a principios del siglo XXI su reducto de placer y tranquilidad sería un nido de turistas llamativos y escandalosos que se pelearían para hacerse sitio en los mejores encuadres para fotografías, y que correrían de un lugar a otro porque en dos horitas quieren verlo todo. Me temo que más de un Sultán preferiría derruir el palacio antes que presenciar una de estas estresantes jornadas de verano. Pero es lo que hay.
Estambul, en definitiva, una ciudad donde os aconsejo que os perdáis en cuanto tengáis la ocasión. Yo lo volveré ha hacer, pues tengo la sensación que solo la he conocido superficialmente.