13 sept 2007

Se paró el tiempo

21/7/07 – 21:45

Ayer me despedí de Varsovia en la Plaza del Mercado del Barrio Viejo, cenando en un restaurante de la esquina que va hacia la muralla. Caía un autentico diluvio. De hecho, una vez he terminado de cenar he estado en el portal del restaurante viendo como rayos y truenos, y litros y litros de agua caían sobre la plaza sin contemplaciones, durante un largo rato. Para algunos y algunas, aún así, no parecía nada anormal ni sorprendente. Seguían haciendo lo mismo que harían en cualquier día soleado. Incluso una chica ha cruzado la plaza con toda tranquilidad, descalza y con los zapatos en las manos, mientras paseaba a su perro. Eso si, se hubiese llevado sin ningún tipo de duda el primer premio en cualquier concurso de Miss camiseta mojada.

Después de despedirme de la pareja con la que había compartido habitación, dos jóvenes ingleses, me he ido hacia la estación. La mañana se ha levantado muy serena. Mi siguiente destino, elegido casi a última hora, era el Parque Nacional de Bialowieza (se pronuncia Byah-wo-vyeh-zhah). En la guía me recomendaban un viaje en tren hasta Hajnówka y de allí un corto desplazamiento en bus hasta la entrada del parque en el pueblecito de Bialowieza. Pero en la estación de tren me han recomendado viajar en tren hasta Bialystok y de allí coger el bus durante dos horas y media hasta el parque. Me han dicho que acaba siendo más rápido, cómodo y barato. Como además esta opción solo incluía una espera de una hora en Varsovia para salir, he preferido escoger esta última.

Al tren aún viajando en un compartimiento para seis personas, solo me ha acompañado una chica joven. He podido volver a comprobar que son increíblemente tímidas con los desconocidos y ha sido imposible poder mantener ninguna conversación. O sea que mi atención se ha olvidado de ella y se ha centrado en la ventana y todo lo que me ofrecía el paisaje.

En mi salida de la capital he podido seguir reforzando mi idea que los barrios periféricos son un nido de pobreza. Todos los edificios son igual de fríos, grises y tristes que los del día anterior. Las estaciones por donde iba parándose el tren y la gente que se movía por ellas como zombis no desentonaban nada en el entorno. También hay que decir para ser justo que quién tiene dinero vive muy bien y de forma muy diferente. Ya mas lejos del centro pero aún en las inmediaciones de la gran urbe, en pequeñas poblaciones, los bloques de cemento comunista han dado paso a verdaderas joyas de casas con jardín y algún que otro cochazo en la puerta. I no me refiero a una o dos aisladas, sino a barrios y pueblecitos enteros. O sea que vaya, en el fondo, como en todos lados. Mientras unos viven bien, al lado malviven.

Poco a poco, mientras el tren se iba acercando al este del país, el paisaje cambiaba. La vida urbana iba desapareciendo lentamente, y los bosques y campos de cultivo iban ampliando su presencia en el terreno. El entorno rural ganaba definitivamente la partida con la aparición de las primeras vacas, que no había visto des de mi salida de Girona. Las poblaciones eran cada vez más pequeñas y distanciadas, hasta que hemos llegado a Bialystok, la ciudad más importante del este de Polonia y casi fronteriza con Bielorrusia.

Ha sido como llegar a otro país. Toda la ciudad era como uno de los barrios de extrarradio de Varsovia. Se puede decir que acababa de pisar una auténtica ciudad del este de Europa como si no hubiese salido aún de la época comunista. Al bajarme del tren y entrar a la estación me he sentido en otro mundo. Nadie hablaba ingles y mucho menos español. Ninguna oficina de información. Ninguna recepción para turistas. Debía encontrar el bus, pero no he conseguido ni una sola pista. Finalmente, ya fuera del edificio, me he dirigido a unos jóvenes escoltas que venían o iban de excursión y se encontraban descansando en el pueblo. Ellos me han dado unas indicaciones mínimas para llegar al otro lado de las vías. Pero allí tampoco había nada. Nuevamente, una chica de corta edad me ha indicado la parte de atrás del edificio de la estación de tren, asegurándome que era la estación de autobuses. Incrédulo me he dirigido allí, y ante mi asombro he descubierto que era cierto, y que allí se encontraban los autobuses. Como no, era un edificio de cemento en el interior del cual podría haber habido cualquier cosa. He tardado media hora de camino para recorrer lo que directamente des del tren hubiesen sido unos 50 metros. Pero ese trayecto me ha servido para descubrir que nadie en Bialystok tenía muchas referencias sobre el Parque Nacional de Bialowieza.

He pedido un billete hasta Bialowieza que me ha costado 10,50 zl (unos 2,5 €) y he tenido suficiente tiempo como para degustar una "zarkopane" mientras esperaba. Es una especie de panpizza como las que hacen en "Le Bistrot" de Girona y ahora también comercializan algunas marcas de congelados. Ya tranquilo y con algo en el estomago, me he dirigido hacia la andana 16, que era donde partía mi bus. Allí he localizado un chico con mochila y un plano del parque. A sido como ver una aparición y evidentemente no he desaprovechado la oportunidad de acercarme y establecer contacto. En Mathew –que así se llama- es un chico belga que también viajaba solo con el interrail y inmediatamente hemos empezado a hablar. El primer tema ha sido inevitable, pues el también estaba sorprendido de haber vivido una aventura similar a la mía para llegar des de la estación de tren a la de autobuses. Y mientras hablábamos del viaje y del parque dos señoras muy mayores se han sentado en el mismo banco. Aunque la menor de ellas –avergonzada- intentaba evitarlo, la mayor insistía en hablar con nosotros en polaco. Tenía más de ochenta años, pero una energía increíble que desprendía una alegría contagiosa. La escena era esperpéntica. Un catalán, un belga y dos polacas intentando entenderse en ingles. Pero con gestos y mirando los mapas hemos entendido que ella era de Bialowieza y que nos acompañaría en el trayecto en bus.

El bus me ha recordado mi viaje a África. El vehículo no hubiese pasado la revisión de la ITV ni en broma. Debía tener más años que yo y no daba mucha confianza. Los dos nos hemos mirado y entre sonrisas y comentarios irónicos nos hemos subido. Nada más salir hemos comprobado que las dos horas y media de viaje no respondían a la distancia. Una causa eran las incontables paradas a todos los pueblecitos, diseminados e incluso en la misma carretera en medio de la nada. La otra, la velocidad máxima de 50 o 60 Km/h. que se reducía a 20 o 30 Km/h. en cualquier pequeña subida.

Mientras salíamos de Bialystok hemos cruzado parte de la ciudad y he certificado mi idea inicial. Se hallaba anclada en el pasado comunista. Excepto alguna joven que hacía footing rompiendo la hegemonía, el contexto era el ya descrito anteriormente. Y tan pronto como hemos dejado atrás la ciudad y mientras más nos alejábamos, daba la sensación que más atrás viajábamos en el tiempo. Los núcleos rurales estaban formados por pequeñas casas, con cada vez más presencia de las de madera. Eso si, bastante viejas y destartaladas. Los coches que circulaban por las estrechas carreteras o que estaban aparcados en las puertas de las casa, seguían la misma tónica. Era como estar en un "Skansen" pero sin ser museo, con toda la realidad del mundo.

Y el entorno natural me ha dejado petrificado. Unos bosques inmensos y muy densos, húmedos, verdes oscuro… Eran como sacados de un cuento, como si duendes, brujas u otros seres míticos estuvieran a punto de salir a ver pasar el autobús. Era un auténtico paraíso.

Y finalmente hemos llegado a Hainowka, el último pueblo grande antes del parque y donde se puede llegar en tren si se tiene paciencia y ninguna prisa. Está a 18 Km. del destino final, y se pueden encontrar en el las últimas comodidades y servicios. Aquí incluso algún edificio llega a las dos plantas y es de cemento, aunque ninguno sobrepasa la altura de la bonita iglesia. Solo el 1% de la población polaca es de religión cristina ortodoxa, y se concentran en esta región fronteriza con Bielorrusia. Son construcciones que siempre nos sorprenden a los occidentales, con aquellas cúpulas y techos típicamente redondeados.

Antes de llegar a Bialowieza hemos pasado por dos pueblos más donde resultaba difícil creer que nadie pudiese vivir. Mas que casas eran cabañas de madera. Si bien en verano y para un turista parecían idílicas en medio de un paisaje tan exuberante y una naturaleza brillante, no quiero ni pensar como debe ser un invierno riguroso como los de aquí en una cabaña como estas.

Y por fin Bialowieza, un pueblo que ha crecido al lado del parque y donde en la actualidad todo el mundo intenta vivir de el y de los pocos que se acercan. Ya siglos atrás cuando era una reserva de caza del Zar de Rusia se esperaban sus visitas y de su corte. Originalmente fue un palacio de caza de los reyes de Polonia y los Duques de Lituania, que lo utilizaban en cortas temporadas como alojamiento durante sus salidas de caza y diversión lejos de las capitales. Tras unos años de olvido, fueron los Zares de Rusia quién lo recuperaron para el mismo uso, restaurándolo en la segunda mitad del siglo XIX y construyendo el actual jardín de estilo inglés, donde aún hoy se pueden encontrar especies vegetales de los cinco continentes. La caída del Zar, la Primera Guerra Mundial y la invasión nazi de la Segunda gran guerra, así como el largo tiempo bajo dominio comunista, han borrado toda esa historia dejando solo algunas huellas. De los edificios del antiguo palacio solo quedan algunas fotos y cuadros de finales de los siglos XIX y principios del XX. En el mismo lugar, ahora está la dirección del Parque Nacional, un hotel, y el albergue. Un albergue que por 10€ la noche puedes tener una habitación individual con baño y con una ventana que te permite tener la misma vista que antaño tuvieron los reyes y el Zar.

Después de instalarme he tenido el tiempo justo de dar una vuelta por el parque del palacio. Sorprende ver como tantas especies no autóctonas han superado guerras mundiales, comunismo y durísimos inviernos. No podía faltar el lago artificial. Y allí he podido gozar de una puesta de sol que ha sido el colofón a una jornada repleta de sensaciones. Son esos momentos por los que vale la pena viajar, y que se graban en la memoria haciendo que siempre tengas ganas de volver a colgarte la mochila.

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