16/7/07 – 5:00
Aquí comienza la aventura, y como siempre en los aeropuertos, comienza esperando. Escogí una mala hora para salir, pero es lo que tienen los vuelos de bajo coste. Por diez euros que he pagado por el billete, no me puedo quejar. Estoy aquí en el aeropuerto de Girona des de las 4:15 de la madrugada. Tan solo un cuarto de hora después ya había facturado y estaba en la planta de embarque, que en este edificio es la superior. Quedan aún casi dos horas para salir.
Así que he tenido tiempo para ver una exposición de pintura con pequeñas obras originales de Picasso, Miro y Chillida entre otros. No ha estado nada mal para despertarse. También he podido observar otra exposición bastante diferente, en este caso sobre el 40 aniversario de la instalación aeroportuaria en Girona, y todos sus altos y bajos hasta la llegada de Ryanair de hace unos años. Mientras voy mirando las fotografías y leyendo sus pies, mi soledad en la Terminal me hace pensar que quizá poca gente viaje hacia Altenbourg. Y es que ese es mi destino, la pequeña ciudad alemana de Altenbourg. ¿Por qué?
Mi transporte principal para esta ocasión iba a ser el tren. Por ello me había hecho con un billete de Interrail en la modalidad de Global Pass por treinta días. Por 599 € me daba la libertad de movimiento por prácticamente todos los países de Europa durante un mes. Pero debía empezar fuera de España, esa era la única condición del billete. Así que como mi intención era viajar por el este de Europa, me daba completamente igual empezar por un u otro lugar. Y el billete de avión más barato que encontré para mi fecha de salida era des de mi ciudad era a Altengourg. Cerca de Leipzig y Berlín, la verdad, es que me pareció un inicio interesante.
Y ahora ya estoy aquí, en el aeropuerto. Poco a poco las ganas de viajar y que todo empiece se van imponiendo. Cuando me he levantado no estaba del todo convencido. Sentía una mezcla de levantarme y salir corriendo hacia el avión, o de girarme y seguir durmiendo placidamente. Después de meses de soñar con ese momento de iniciar de nuevo un viaje, surgía la duda en el último momento. Supongo que por el hecho de marcharme durante cinco semanas, de viajar en solitario, de no estar convencido de dominar suficientemente el inglés… Pero claro, precisamente en esos factores se encontraba también el sentido del viaje. O sea, que superado el pánico inicial me levanté, y aquí estoy, viendo como van llegando más compañeros de avión mientras escribo las primeras líneas. A ver como va.
17/7/07 – 21:00
En el vuelo me debe haber tocado el pero compañero posible de viaje. Un tío viejo, tan gordo que tenía serios problemas para sentarse en el asiento y con un aliento a vino que hacía caer de espaldas… Aquel alemán había aprovechado muy bien su última noche en nuestro país, estoy seguro. Pero por suerte se ha dormido casi tan rápido como yo, y el trayecto ha sido rápido y tranquilo. Nunca mejor dicho en un abrir y cerrar de ojos, aunque en esta ocasión ha sido en un cerrar y abrir, ya estaba en un… ¿aeropuerto? Bueno, el edificio de la Terminal de Altenbourg es un poco más grande que la casita del huerto de mi padre. Seguramente hasta la llegada de Ryanair poco más que alguna avioneta llegaba y salía de allí. Pero la gran ventaja de estos casos es que en poco más de diez minutos ya había recogido mi equipaje y estaba dentro de un autobús, impensable en los grandes aeropuertos. El recorrido hasta la ciudad era de unos 8 km. y mi parada era evidentemente, la estación de tren. Mi primera parada era Berlín, y por lo tanto por aquí tan solo estaba de paso.
Por lo que he visto de la ciudad, no es muy grande. La estación, como el aeropuerto, tampoco. He tenido que esperar durante unos veinte minutos la llegada de un cercanías de dos pisos con destino a Leipzig. He aprovechado p
ara tomar un café y acabar de despertarme, cosa que ha sucedido justo después de escaldarme la lengua por la elevadísima temperatura del mismo y de que me dijeran que el precio era de 2 euros.
Finalmente me he subido a mi primer tren del viaje, que será el medio de transporte habitual. Ya era un railtrotter, que es como la gente empieza a llamar a los viajeros de interrail. Tenía 45 minutos de trayecto hasta llegar a Leipzig y he aprovechado para inspeccionar y gozar del paisaje. Me ha sorprendido ver el mal estado general de edificios y construcciones. Incluso las vías y las estaciones estaban semiabandonadas y tenían aspecto de ser muy antiguas. En los pueblos predominaban los colores grises y se veían tristes. Después he recordado que estaba en el corazón de la antigua Alemania del Este, y he llegado a la conclusión que veinte años no han sido suficientes para borrar ese pasado. La llegada a Leipzig no ha hecho más que corroborar mi primera impresión. La periferia presentaba a una típica ciudad comunista, aunque destellaban pequeños detalles de cambio y occidentalización. De hecho, no quiero juzgarla demasiado, pues todo lo que he visto ha sido a través de la ventada del tren. En la estación, único lugar donde he puesto los pies, he tenido el tiempo justo de bajar de mi primer tren para subir en un Inter City Express dirección a Berlín. Y este ya era otra cosa muy diferente. Todo el espacio del mundo con un mesa para organizarme incluida, cojín en el respaldo, asiento muy cómodo. Podría haber echado una buena cabezadita, pero ni la necesitaba, ni la quería hacer en ese momento. Eran ya casi las once de la mañana, estaba muy emocionado, y prefería perder la mirada por la ventada.
Era un paisaje eminentemente rural, del cual destacaría diferentes cosas que me han llamado la atención. Una ha sido la ausencia total y absoluta de montañas hasta el horizonte y en cualquier dirección. Para alguien que vive en Girona, es algo que se hecha realmente en falta y que no deja nunca de sorprender. En cuanto al colorido, dominio absoluto del verde de prados y bosques, solo roto por el azul de pequeños y numerosos estanques, ríos y canales. De vez en cuando, observatorios de madera se alzaban unos tres metros de tierra, convirtiéndose en escondites ideales para la observación de las aves. El gran desnivel de los tejados de las casas me hace deducir que tanto la lluvia como la nieve en invierno deben ser muy presentes, y de buen seguro son también responsables de la gran cantidad de zonas húmedas. Y un último detalle: hay un gran número de molinos de energía eólica. Parece ser que aquí ni son perjudiciales ni contaminan el paisaje…
Y así, como quien no quiere la cosa, a las doce ya estaba en Berlín. Tan solo entrar en los suburbios de la ciudad uno se da cuenta inmediatamente que ha llegado a un lugar muy grande y muy especial. Al bajar del tren y comenzar a caminar por la estación central ya no queda ninguna duda. Es inmensa, con un edificio muy moderno, y con una cristalera que deja ver un paisaje urbano que acojona.
Antes de atreverme a salir, he aprovechado para hacer todos los trámites del billete hacia mi siguiente parada de dentro de unos días, Varsovia. También he comprado una City Card de transporte para 72 horas y he recogido mapas e indicaciones de lo más importante, como por ejemplo llegar a mi alojamiento. Y como no podía ser de otra manera, pues a subirse a otro tren y seguir ruta hasta Berlín Este, donde estaba situado mi albergue. Así las cosas, mi primer contacto con la tierra exterior de los ferrocarriles, es la estación de Warshauer Strabe. Un pequeño paseo y un tranvía, me han dejado casi en la puerta del Hostel, en el centro de la antigua zona comunista. Muy tranquila, eso si, pero con muy poco a ver con el otro lado del muro.
Y después de hacer el check in y instalarme, precisamente mi prime
r paseo por Berlín me ha llevado directamente hasta el trozo de muro mas largo que queda en pié en su lugar original, en Mühlenstrabe. Que sensación. Te sientes medio estúpido porque en el fondo no es mas que una pared, pero el cosquilleo en el estomago, ese que solo se siente en momentos muy concretos, certifica que realmente uno se encuentra en uno de esos lugares donde todo viajero quiere llegar algún día. ¿Solo una pared? No. Cuando te acercas, cuando la tocas, cuando la miras muy de cerca, desprende una energía especial que te recuerda lo que significo y porque es tan especial. Lo he seguido a lo largo de más de un kilómetro, hasta llegar a la estación de Ostbahnhof, donde he vuelto a subir al tren para dirigirme al centro.
Y siguiendo el consejo del recepcionista del albergue, y dado que por horario me iba fantástico, he ido directamente a buscar a un los lugares más interesantes de la ciudad. Ha sido una gran idea que me ha ayudado mucho a situarme en la ciudad y empezar a ver lo mejor. La empresa trabaja en diferentes ciudades europeas, guía de una empresa que organiza Free Tours teatralizados por y si en todas ellas el nivel es como en Berlín, os lo aconsejo.
Hemos salido de la mítica Parisen Plat
z, pasando bajo la inigualable Puerta de Brandeburgo para llegar hasta el Reichstag, el edificio del parlamento alemán. Volviendo sobre nuestros pasos de nuevo ante la Puerta de Brandenburgo para llegar un poco más allá hasta la plaza donde se encuentra el monumento en recuerdo al holocausto. Un auténtico laberinto de piedras de diferente altura, donde subes y bajas llegando al centro donde no parece haber salida, para luego, alejarse de el y viendo cada vez más cerca la luz y la libertad. Eso precisamente es lo que buscaba el autor, para que quién pasee por su interior pueda sentir mínimamente lo mismo que sintió el pueblo judío. Y por la piel de gallina con la que algunos hemos salido, parece ser que lo consiguió. Sorprende observar que ni uno solo de los monolitos tiene el más mínimo rastro de ataques de tin
ta. Por aquellas ironías de este país, la respuesta es sobrecogedora. La superficie de todos ellos está tratada con un componente químico que evita que se pueda pintar sobre ella, la patente y fabricación del cual es de la misma empresa que durante la II Guerra Mundial fabricó el gas “Ciclón B” con la que se asesinaron a miles de personas en los campos de concentración.
Aun tocados, Glym -nuestro guía australiano- nos ha llevado hasta un pequeño y muy cercano jardín de unos edificios comunistas, junto a una pequeña zona gay, nos ha dicho. Alguien se ha atrevido a preguntar, ¿Qué tiene este lugar de especial? Aquí estaba el bunker donde murió Adolph Hitler, ha contestado. Y ante nuestra sorpresa y con mucha ironía ha añadido que todo lo que los berlineses han querido hacer con este lugar ha sido taparlo con un jardín mediocre y rodearlo de lo que más amaba el Fürher: comunistas, judíos y gays.
El paseo ha seguido por la antigua zona fronteriza entre el este y el oeste de la ciudad. El muro siempre presente con una ralla en el suelo y a veces aún en pié no te deja indiferente. El antiguo edificio de la aviación nazi y posteriormente sede del gobierno de la RDA es hoy el ministerio de hacienda. Glym nos dice que parece estar maldito porque solo puede albergar cosas desagradables. Nos explica que junto a la Puerta de Branderburgo fue uno de los pocos edificios intactos tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. Nadie sabe bien el porque, pero el hecho de albergar toda la información del imperio fascista en su interior, parece ser una buena razón para que los aliados prefirieran encontrarlo intacto y descubrir que albergaba en su interior. Las malas lenguas dicen que también había un acuerdo secreto entre los oficiales de más alto rango británicos y germanos por el que unos y otros se habían comprometido a no atacar las oficinas de los otros, donde trabajaban día a día, para atar su seguridad. Pero a parte de su historia, en una de sus paredes guarda un rincón que explica muy bien la realidad que vivió mucha gente en el Berlín este después de la ocupación soviética. Un gran mural escenifica en color
es vivos la alegría del pueblo, mezclando trabajadores y directivos, militares y sindicalistas, jóvenes y gente mayor, todos felices y sonrientes en un paisaje idílico. Lo hizo el gobierno de la RDA justo después de una gran manifestación en protesta por la mala situación económica y social. Una imagen de esa manifestación, del mismo tamaño que el mural, se encuentra en el fondo de una fuente justo delante del edificio. Muestra la cruda realidad, muy diferente al mural.
Justo en el lado opuesto del mismo edificio volvemos a topar con el muro. Aquí resta aun levantado por la carga emotiva de la zona. Allí donde se levantaban en otra época el hotel de las primeras reuniones del Partido Nacionalsocialista, y posteriormente los edificios de la SS y la GESTAPO, hoy solo hay un trozo del muro y una exposición medio al aire libre denominada “Topografía del Terror”. Visita dura, pero obligada. Ojala sirva para que algo así no vuelva a suceder jamás.
Y siguiendo el a
ntiguo recorrido del muro hemos llegado al Check Point más famoso, el Charlie. Los casi 170 Kilómetros de doble muro tenían diferentes lugares de paso fronterizo, que se habían denominado con el alfabeto militar. El tercer paso era pues Charlie. Aquí estuvo a punto de estallar la III Guerra Mundial, con la llamada escalada de los tanques, que finalizó por la decisión de algún valiente soldado ruso que desobedeció las órdenes y dio marcha atrás, gesto que inmediatamente copiaron los americanos. El Check Point Charlie está escenificado como era antaño para que los turistas puedan hacer la foto de rigor. Si, yo también la he hecho… Junto a el se halla el museo sobre el muro y toda aquella época de fricción. Des de la esquina uno puede observar la gran diferencia que existía entre los edificios de una lado y otro del muro. Los aliados, en un gesto de propaganda evidente, procuraban que todavía fuesen mayores y más evidentes en zonas que podían ser observadas des del otro lado.
El paseo ha seguido por la zona comercial, con las tiendas que se pueden encontrar en cualquier otra gran ciudad. Dicen que es la globalización. Pronto hemos llegado a la zona más céntrica de la ciudad reconstruida. En otro agudo comentario de nuestro peculiar guía el 90% de la ciudad fue destruida con los bombardeos, y entre el 10% restante cabe destacar la dentadura de Hitler, que permitió reconocer el cadáver, aunque algunos –dice Glym- aseguran haberlo visto hace pocos días vivo paseando junto a Elvis y muy arrepentido por lo que sucedió.
En Gendarmenmarkt encontramos tres edificios maravillosos, las dos iglesias casi gemelas de Franzosische Dom y Gendarmen Dom, y la Schauspielhaus. No muy lejos de allí hemos desembocado en otra plaza mítica de la ciudad, la Bebel Platz. La iglesia católica más grande de la ciudad, el lateral de la opera, y la biblioteca y Universidad de Humboldt. Aquí, el 10 de mayo de 1933 los nazis sacaron de la biblioteca y la Universidad miles de libros qu
e ellos creyeron de enemigos, amontonándolos en el centro y quemándolos en una gran hoguera. En recuerdo en el centro de la plaza un pequeño vidrio deja ver en el subsuelo unos estantes vacíos, representado como quedo la biblioteca después de la quema. El cristal provoca un reflejo de los mismos que miran hacia el interior, y esa es la única imagen que ve quien mira, simbolizando que los libros son los propios humanos que los escriben y los leen. Una placa rememora una frase que se pronunció aquella noche y que resulta estremecedora ahora que conocemos el abasto de la tragedia: “La inquisición comenzó quemando libros y acabo quemando personas. Vosotros habéis empezado quemando libros…”
Y ya paseando por Unter Den Linden, la avenida por excelencia de Berlín, hemos llegado hasta la Isla de los Museos, donde nos hemos situado en el centro del parque ante la catedral protestante, el museo egipcio y el que nunca llego a ser Palacio del Pueblo de la RDA, ahora en lenta deconstrucción. Hace pocos años que restauraron los diferentes edificios de la isla, algunos están aun en la última fase de este proceso. Pero hace ya tiempo que es Patrimonio de la Humanidad y solo con un paseo uno se da cuenta de cuanto se lo merece.
Y paseando entre desconocidos que seguíamos a Glym había pasado la tarde. En el tren y el tranvía de vuelta al albergue pensaba la de cosas que me quedaban por ver en los próximos dos días y todo lo que me ofrecía esta ciudad. Y finalmente, en un bar de la esquina, me he sentado a tomar una auténtica cena berlinesa: hamburguesa alemana, patatas fritas, ensalada con salsa berlinesa y como no una buena cerveza… ¡de Nueva Zelanda! Otro día me fijaré más antes de sentarme, lo prometo.
Así que he tenido tiempo para ver una exposición de pintura con pequeñas obras originales de Picasso, Miro y Chillida entre otros. No ha estado nada mal para despertarse. También he podido observar otra exposición bastante diferente, en este caso sobre el 40 aniversario de la instalación aeroportuaria en Girona, y todos sus altos y bajos hasta la llegada de Ryanair de hace unos años. Mientras voy mirando las fotografías y leyendo sus pies, mi soledad en la Terminal me hace pensar que quizá poca gente viaje hacia Altenbourg. Y es que ese es mi destino, la pequeña ciudad alemana de Altenbourg. ¿Por qué?
Mi transporte principal para esta ocasión iba a ser el tren. Por ello me había hecho con un billete de Interrail en la modalidad de Global Pass por treinta días. Por 599 € me daba la libertad de movimiento por prácticamente todos los países de Europa durante un mes. Pero debía empezar fuera de España, esa era la única condición del billete. Así que como mi intención era viajar por el este de Europa, me daba completamente igual empezar por un u otro lugar. Y el billete de avión más barato que encontré para mi fecha de salida era des de mi ciudad era a Altengourg. Cerca de Leipzig y Berlín, la verdad, es que me pareció un inicio interesante.
Y ahora ya estoy aquí, en el aeropuerto. Poco a poco las ganas de viajar y que todo empiece se van imponiendo. Cuando me he levantado no estaba del todo convencido. Sentía una mezcla de levantarme y salir corriendo hacia el avión, o de girarme y seguir durmiendo placidamente. Después de meses de soñar con ese momento de iniciar de nuevo un viaje, surgía la duda en el último momento. Supongo que por el hecho de marcharme durante cinco semanas, de viajar en solitario, de no estar convencido de dominar suficientemente el inglés… Pero claro, precisamente en esos factores se encontraba también el sentido del viaje. O sea, que superado el pánico inicial me levanté, y aquí estoy, viendo como van llegando más compañeros de avión mientras escribo las primeras líneas. A ver como va.
17/7/07 – 21:00
En el vuelo me debe haber tocado el pero compañero posible de viaje. Un tío viejo, tan gordo que tenía serios problemas para sentarse en el asiento y con un aliento a vino que hacía caer de espaldas… Aquel alemán había aprovechado muy bien su última noche en nuestro país, estoy seguro. Pero por suerte se ha dormido casi tan rápido como yo, y el trayecto ha sido rápido y tranquilo. Nunca mejor dicho en un abrir y cerrar de ojos, aunque en esta ocasión ha sido en un cerrar y abrir, ya estaba en un… ¿aeropuerto? Bueno, el edificio de la Terminal de Altenbourg es un poco más grande que la casita del huerto de mi padre. Seguramente hasta la llegada de Ryanair poco más que alguna avioneta llegaba y salía de allí. Pero la gran ventaja de estos casos es que en poco más de diez minutos ya había recogido mi equipaje y estaba dentro de un autobús, impensable en los grandes aeropuertos. El recorrido hasta la ciudad era de unos 8 km. y mi parada era evidentemente, la estación de tren. Mi primera parada era Berlín, y por lo tanto por aquí tan solo estaba de paso.
Por lo que he visto de la ciudad, no es muy grande. La estación, como el aeropuerto, tampoco. He tenido que esperar durante unos veinte minutos la llegada de un cercanías de dos pisos con destino a Leipzig. He aprovechado p
ara tomar un café y acabar de despertarme, cosa que ha sucedido justo después de escaldarme la lengua por la elevadísima temperatura del mismo y de que me dijeran que el precio era de 2 euros.Finalmente me he subido a mi primer tren del viaje, que será el medio de transporte habitual. Ya era un railtrotter, que es como la gente empieza a llamar a los viajeros de interrail. Tenía 45 minutos de trayecto hasta llegar a Leipzig y he aprovechado para inspeccionar y gozar del paisaje. Me ha sorprendido ver el mal estado general de edificios y construcciones. Incluso las vías y las estaciones estaban semiabandonadas y tenían aspecto de ser muy antiguas. En los pueblos predominaban los colores grises y se veían tristes. Después he recordado que estaba en el corazón de la antigua Alemania del Este, y he llegado a la conclusión que veinte años no han sido suficientes para borrar ese pasado. La llegada a Leipzig no ha hecho más que corroborar mi primera impresión. La periferia presentaba a una típica ciudad comunista, aunque destellaban pequeños detalles de cambio y occidentalización. De hecho, no quiero juzgarla demasiado, pues todo lo que he visto ha sido a través de la ventada del tren. En la estación, único lugar donde he puesto los pies, he tenido el tiempo justo de bajar de mi primer tren para subir en un Inter City Express dirección a Berlín. Y este ya era otra cosa muy diferente. Todo el espacio del mundo con un mesa para organizarme incluida, cojín en el respaldo, asiento muy cómodo. Podría haber echado una buena cabezadita, pero ni la necesitaba, ni la quería hacer en ese momento. Eran ya casi las once de la mañana, estaba muy emocionado, y prefería perder la mirada por la ventada.
Era un paisaje eminentemente rural, del cual destacaría diferentes cosas que me han llamado la atención. Una ha sido la ausencia total y absoluta de montañas hasta el horizonte y en cualquier dirección. Para alguien que vive en Girona, es algo que se hecha realmente en falta y que no deja nunca de sorprender. En cuanto al colorido, dominio absoluto del verde de prados y bosques, solo roto por el azul de pequeños y numerosos estanques, ríos y canales. De vez en cuando, observatorios de madera se alzaban unos tres metros de tierra, convirtiéndose en escondites ideales para la observación de las aves. El gran desnivel de los tejados de las casas me hace deducir que tanto la lluvia como la nieve en invierno deben ser muy presentes, y de buen seguro son también responsables de la gran cantidad de zonas húmedas. Y un último detalle: hay un gran número de molinos de energía eólica. Parece ser que aquí ni son perjudiciales ni contaminan el paisaje…
Y así, como quien no quiere la cosa, a las doce ya estaba en Berlín. Tan solo entrar en los suburbios de la ciudad uno se da cuenta inmediatamente que ha llegado a un lugar muy grande y muy especial. Al bajar del tren y comenzar a caminar por la estación central ya no queda ninguna duda. Es inmensa, con un edificio muy moderno, y con una cristalera que deja ver un paisaje urbano que acojona.
Antes de atreverme a salir, he aprovechado para hacer todos los trámites del billete hacia mi siguiente parada de dentro de unos días, Varsovia. También he comprado una City Card de transporte para 72 horas y he recogido mapas e indicaciones de lo más importante, como por ejemplo llegar a mi alojamiento. Y como no podía ser de otra manera, pues a subirse a otro tren y seguir ruta hasta Berlín Este, donde estaba situado mi albergue. Así las cosas, mi primer contacto con la tierra exterior de los ferrocarriles, es la estación de Warshauer Strabe. Un pequeño paseo y un tranvía, me han dejado casi en la puerta del Hostel, en el centro de la antigua zona comunista. Muy tranquila, eso si, pero con muy poco a ver con el otro lado del muro.
Y después de hacer el check in y instalarme, precisamente mi prime
r paseo por Berlín me ha llevado directamente hasta el trozo de muro mas largo que queda en pié en su lugar original, en Mühlenstrabe. Que sensación. Te sientes medio estúpido porque en el fondo no es mas que una pared, pero el cosquilleo en el estomago, ese que solo se siente en momentos muy concretos, certifica que realmente uno se encuentra en uno de esos lugares donde todo viajero quiere llegar algún día. ¿Solo una pared? No. Cuando te acercas, cuando la tocas, cuando la miras muy de cerca, desprende una energía especial que te recuerda lo que significo y porque es tan especial. Lo he seguido a lo largo de más de un kilómetro, hasta llegar a la estación de Ostbahnhof, donde he vuelto a subir al tren para dirigirme al centro.Y siguiendo el consejo del recepcionista del albergue, y dado que por horario me iba fantástico, he ido directamente a buscar a un los lugares más interesantes de la ciudad. Ha sido una gran idea que me ha ayudado mucho a situarme en la ciudad y empezar a ver lo mejor. La empresa trabaja en diferentes ciudades europeas, guía de una empresa que organiza Free Tours teatralizados por y si en todas ellas el nivel es como en Berlín, os lo aconsejo.
Hemos salido de la mítica Parisen Plat
z, pasando bajo la inigualable Puerta de Brandeburgo para llegar hasta el Reichstag, el edificio del parlamento alemán. Volviendo sobre nuestros pasos de nuevo ante la Puerta de Brandenburgo para llegar un poco más allá hasta la plaza donde se encuentra el monumento en recuerdo al holocausto. Un auténtico laberinto de piedras de diferente altura, donde subes y bajas llegando al centro donde no parece haber salida, para luego, alejarse de el y viendo cada vez más cerca la luz y la libertad. Eso precisamente es lo que buscaba el autor, para que quién pasee por su interior pueda sentir mínimamente lo mismo que sintió el pueblo judío. Y por la piel de gallina con la que algunos hemos salido, parece ser que lo consiguió. Sorprende observar que ni uno solo de los monolitos tiene el más mínimo rastro de ataques de tin
ta. Por aquellas ironías de este país, la respuesta es sobrecogedora. La superficie de todos ellos está tratada con un componente químico que evita que se pueda pintar sobre ella, la patente y fabricación del cual es de la misma empresa que durante la II Guerra Mundial fabricó el gas “Ciclón B” con la que se asesinaron a miles de personas en los campos de concentración.Aun tocados, Glym -nuestro guía australiano- nos ha llevado hasta un pequeño y muy cercano jardín de unos edificios comunistas, junto a una pequeña zona gay, nos ha dicho. Alguien se ha atrevido a preguntar, ¿Qué tiene este lugar de especial? Aquí estaba el bunker donde murió Adolph Hitler, ha contestado. Y ante nuestra sorpresa y con mucha ironía ha añadido que todo lo que los berlineses han querido hacer con este lugar ha sido taparlo con un jardín mediocre y rodearlo de lo que más amaba el Fürher: comunistas, judíos y gays.
El paseo ha seguido por la antigua zona fronteriza entre el este y el oeste de la ciudad. El muro siempre presente con una ralla en el suelo y a veces aún en pié no te deja indiferente. El antiguo edificio de la aviación nazi y posteriormente sede del gobierno de la RDA es hoy el ministerio de hacienda. Glym nos dice que parece estar maldito porque solo puede albergar cosas desagradables. Nos explica que junto a la Puerta de Branderburgo fue uno de los pocos edificios intactos tras los bombardeos de la II Guerra Mundial. Nadie sabe bien el porque, pero el hecho de albergar toda la información del imperio fascista en su interior, parece ser una buena razón para que los aliados prefirieran encontrarlo intacto y descubrir que albergaba en su interior. Las malas lenguas dicen que también había un acuerdo secreto entre los oficiales de más alto rango británicos y germanos por el que unos y otros se habían comprometido a no atacar las oficinas de los otros, donde trabajaban día a día, para atar su seguridad. Pero a parte de su historia, en una de sus paredes guarda un rincón que explica muy bien la realidad que vivió mucha gente en el Berlín este después de la ocupación soviética. Un gran mural escenifica en color
es vivos la alegría del pueblo, mezclando trabajadores y directivos, militares y sindicalistas, jóvenes y gente mayor, todos felices y sonrientes en un paisaje idílico. Lo hizo el gobierno de la RDA justo después de una gran manifestación en protesta por la mala situación económica y social. Una imagen de esa manifestación, del mismo tamaño que el mural, se encuentra en el fondo de una fuente justo delante del edificio. Muestra la cruda realidad, muy diferente al mural.Justo en el lado opuesto del mismo edificio volvemos a topar con el muro. Aquí resta aun levantado por la carga emotiva de la zona. Allí donde se levantaban en otra época el hotel de las primeras reuniones del Partido Nacionalsocialista, y posteriormente los edificios de la SS y la GESTAPO, hoy solo hay un trozo del muro y una exposición medio al aire libre denominada “Topografía del Terror”. Visita dura, pero obligada. Ojala sirva para que algo así no vuelva a suceder jamás.
Y siguiendo el a
ntiguo recorrido del muro hemos llegado al Check Point más famoso, el Charlie. Los casi 170 Kilómetros de doble muro tenían diferentes lugares de paso fronterizo, que se habían denominado con el alfabeto militar. El tercer paso era pues Charlie. Aquí estuvo a punto de estallar la III Guerra Mundial, con la llamada escalada de los tanques, que finalizó por la decisión de algún valiente soldado ruso que desobedeció las órdenes y dio marcha atrás, gesto que inmediatamente copiaron los americanos. El Check Point Charlie está escenificado como era antaño para que los turistas puedan hacer la foto de rigor. Si, yo también la he hecho… Junto a el se halla el museo sobre el muro y toda aquella época de fricción. Des de la esquina uno puede observar la gran diferencia que existía entre los edificios de una lado y otro del muro. Los aliados, en un gesto de propaganda evidente, procuraban que todavía fuesen mayores y más evidentes en zonas que podían ser observadas des del otro lado.El paseo ha seguido por la zona comercial, con las tiendas que se pueden encontrar en cualquier otra gran ciudad. Dicen que es la globalización. Pronto hemos llegado a la zona más céntrica de la ciudad reconstruida. En otro agudo comentario de nuestro peculiar guía el 90% de la ciudad fue destruida con los bombardeos, y entre el 10% restante cabe destacar la dentadura de Hitler, que permitió reconocer el cadáver, aunque algunos –dice Glym- aseguran haberlo visto hace pocos días vivo paseando junto a Elvis y muy arrepentido por lo que sucedió.
En Gendarmenmarkt encontramos tres edificios maravillosos, las dos iglesias casi gemelas de Franzosische Dom y Gendarmen Dom, y la Schauspielhaus. No muy lejos de allí hemos desembocado en otra plaza mítica de la ciudad, la Bebel Platz. La iglesia católica más grande de la ciudad, el lateral de la opera, y la biblioteca y Universidad de Humboldt. Aquí, el 10 de mayo de 1933 los nazis sacaron de la biblioteca y la Universidad miles de libros qu
e ellos creyeron de enemigos, amontonándolos en el centro y quemándolos en una gran hoguera. En recuerdo en el centro de la plaza un pequeño vidrio deja ver en el subsuelo unos estantes vacíos, representado como quedo la biblioteca después de la quema. El cristal provoca un reflejo de los mismos que miran hacia el interior, y esa es la única imagen que ve quien mira, simbolizando que los libros son los propios humanos que los escriben y los leen. Una placa rememora una frase que se pronunció aquella noche y que resulta estremecedora ahora que conocemos el abasto de la tragedia: “La inquisición comenzó quemando libros y acabo quemando personas. Vosotros habéis empezado quemando libros…”Y ya paseando por Unter Den Linden, la avenida por excelencia de Berlín, hemos llegado hasta la Isla de los Museos, donde nos hemos situado en el centro del parque ante la catedral protestante, el museo egipcio y el que nunca llego a ser Palacio del Pueblo de la RDA, ahora en lenta deconstrucción. Hace pocos años que restauraron los diferentes edificios de la isla, algunos están aun en la última fase de este proceso. Pero hace ya tiempo que es Patrimonio de la Humanidad y solo con un paseo uno se da cuenta de cuanto se lo merece.
Y paseando entre desconocidos que seguíamos a Glym había pasado la tarde. En el tren y el tranvía de vuelta al albergue pensaba la de cosas que me quedaban por ver en los próximos dos días y todo lo que me ofrecía esta ciudad. Y finalmente, en un bar de la esquina, me he sentado a tomar una auténtica cena berlinesa: hamburguesa alemana, patatas fritas, ensalada con salsa berlinesa y como no una buena cerveza… ¡de Nueva Zelanda! Otro día me fijaré más antes de sentarme, lo prometo.
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