19 nov 2007

Sofía, una mezcla de culturas.

8/08/07 22:10

El tren desde Serbia entra en Bulgaria atravesando una zona montañosa. Despertarse viendo por la ventana como el tren avanza cruzando un paisaje que en mi país seria considerado de alta montaña, ha sido un placer. Lo más semejante que había vivido antes era subir con el cremallera de Núria hasta el santuario al pie del Puigmal. La niebla y el sol naciente completaban una escena bucólica. Prados verdes, abetos y pinos negros, y rocas moldeadas por las inclemencias meteorológicas. Podríamos pensar que estábamos en un lugar mucho más alto. Pero no, poco a poco el tren se abre camino hasta una gran planicie rodeada por montañas de hasta 2500 metros de altura. Y en el medio se levanta la ciudad de Sofía, la capital de Bulgaria.

El brillante entorno natural disimula la presencia de barrios marginales, que aunque no en el mismo número que en Belgrado, aquí también son presentes. La estación es más grande y bien cuidada, con más andanas y vías; pero también queda lejos de lo que se espera en el siglo XXI en Europa. El ambiente enrarecido se contagia con la gente y el entorno, donde la misma policía te sugiere que permanezcas el mínimo tiempo posible. No es nada seguro, dicen, y menos para los extranjeros. Cabe decir que yo he dejado mi mochila en la consigna de la estación y luego he salido a pie hacia el centro, a casi un kilómetro de distancia, sin tener el más mínimo problema.

Para empezar a describiros la ciudad os pondré un ejemplo que creo que resultará muy útil para entenderme. En poco menos de 500 metros de distancia he podido visitar la sinagoga judía, la mezquita musulmana, los baños turcos, una iglesia cristiana, una basílica ortodoxa y una iglesia rusa ortodoxa. Para que después haya quién se atreva a decir que las diferentes culturas religiosas no pueden compartir espacios y convivir. Y es que Sofía es eso, el resultado de la mezcla de idas y venidas de unos y otros que llevan más de dos mil años para arriba y para abajo en estas tierras.

El centro de la ciudad, y donde se concentran los visitantes, es donde podemos encontrar las diferentes construcciones religiosas, los edificios gubernamentales, y lo que queda de un pequeño y antiguo palacio y sus jardines. Completan el conjunto las huellas de la época comunista, presentes en grandes edificios y monumentos. Entre los primeros cabe destacar la Iglesia católica cristiana de Santa Sofía que con más de mil años de antigüedad da nombre a la ciudad. En el oeste conserva una llama eterna muy visitada. Aunque parece insignificante ante la magnitud de la Iglesia de Alexander Nevski construida entre finales del s.XIX y principios del s.XX en honor de los más de dos cientos mil rusos que murieron para liberar al país de la ocupación otomana. Entre los segundos, muy cerca se encuentra la estatua del Zar Osvoboditel, en la plaza Narodno Sabrani.

Hacia el oeste, alrededor de los jardines de Sofía que rodean calles con adoquines dorados, se encuentra el palacio real, hoy sede del museo etnográfico y la galería de arte nacional. También la iglesia rusa de San Nicolás, mucho más pequeña que las anteriores, pero con un encanto especial. En esa zona se haya también el edificio del partido, hoy casa presidencial. Está cerrado al público, pero desde el exterior se puede presenciar el cambio de guardia cada hora mientras es de día.

Desde la plaza de San Nedelya donde se encuentra la catedral del mismo nombre, vale la pena pasear a lo largo del Boulevard Vitosha, el corazón comercial de la capital. Siguiéndolo hacia el sur podemos llegar hasta el parque Yuzhen. En esa zona mes aconsejaron visitar el restaurante Divaka para degustar la cocina típica del país. Así lo hice, y por muy poco dinero pude probar diferentes y gustosos platos.

No es una ciudad imprescindible, pero si interesante y se puede ver en un día, pues todo esta muy cercano. Aunque como me aconsejaron en la propia oficina de turismo, si se tiene poco tiempo es mejor gastarlo en descubrir los maravillosos rincones del país, que nos resultaran mucho más agradables que la capital.

Pero si lo vais a hacer en tren, cuidado con los horarios. Cuando reserve el billete me indicaron que quería decir cada columna de la pantalla de llegadas y salidas, pues estaba escrito en cirílico y era imposible entenderlo. Una de las columnas me dijeron que era la de los minutos. Pregunté ¿minutos de que? Y con cara de sorpresa la chica me dijo, de retardo. En aquel momento pensé, mira que majos, están en todo y por si acaso han incluido la columna de retardos. Cuando llegué a la estación al atardecer –el tren salía a las 19:30 h.- me pasé media hora corriendo arriba y abajo, de andana en andana, de información a los revisores y a la inversa, buscando el maldito tren que me tenía que llevar a Estambul. A las 19:25 h., desesperado y empezando a temerme que perdía el tren, un par de chicas se acercaron a mi y me preguntaron que tren buscaba. Eran dos chicas francesas que también hacían el Interrail, pero con más días de experiencia en el país que yo. Sonrieron y me dijeron, mira la columna de los minutos, ni tan solo han puesto cuantos todavía, no sufras. Y efectivamente, al cabo de un rato apareció un 40 en dicha columna de minutos de retardo. De hecho, todos los trenes tenían alguna cifra en esa columna. La nuestra fue aumentando hasta los 120 minutos. Y efectivamente, a las 21:30 horas subía al tren después de haber cenado en la estación y compartido experiencias y aventuras con las dos chicas. Eso si, escoltados en todo momento con mucha discreción por un par de policías que en ningún momento nos perdieron de vista ni a nosotros ni a nuestros equipajes, supongo que para disgusto de algunos individuos poco recomendables que tampoco nos quitaron el ojo de encima durante ese tiempo.

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