
29/7/07 22:15
Pasear por Viena es como viajar en el tiempo. Mires donde mires, absolutamente todos los edificios se merecen una pausa, unos segundos de contemplación. Sin ninguna duda, es la ciudad que mientras caminaba por sus calles me he pasado mas tiempo con la cabeza levantada mirando hacia arriba, que no el propio suelo para ver donde pisaba. Maravillas arquitectónicas del renacimiento y el barroco, pasan aquí desapercibidas entre la multitud, m
ientras que en otras ciudades serían el principal centro de atención. Y es que para destacar dentro de la inmensidad de Viena, tiene que ser extraordinario. Y a esa calificación llegan los palacios de Habsburg, Belvedere y Schönbrunn, los
edificios del museo de historia y historia natural, el ayuntamiento, la catedral, la iglesia de San Carlos… Si, la lista también es larga. No os penséis que por el hecho de ser extraordinarios solo serían dos o tres.
Así, embobado, he paseado durante dos días por calles, palacios, jardines, dejándome llevar por su belleza. No he desaprovechado tampoco la ocasión para probar las deliciosas galletas Maiers y la original y tan imitada Tarta Sacher, evidentemente mientras descansaba de tanto caminar.
De palacios solo os h
ablaré del de Schönbrunn, por elegir uno y no hacerme pesado. Dicen que es el Palacio de los Palacios, porque allí vivieron la Emperatriz Maria Teresa, el Emperador Francisco José o su archiconocida esposa Sissi. El patio de entrada ya deja entrever la magnitud de lo que nos encontraremos después. Llama la atención una fachada interminable de color amarillo –el preferido de Maria Teresa- de un edificio que llegó a tener 2000 estancias. Deambulando por sus salones, ya en el interior, uno puede llegar a imaginarse como vivieron en aquella época, y que poco tenían que ver con el reto de mortales de su generación. Aún así esta familia es la prueba de que el dinero no da siempre la felicidad. En cada rincón del palacio encuentras la historia de algún miembro que acabó en final trágico: suicidio del principal heredero, guillotina para Maria Antonieta, asesinato d
e Sissi, bodas sin consentimiento a los 15 años de edad… Si ya dicen que no se puede tener todo. Eso si, a nivel material, no podían pedir más. Estar a la entrada del salón principal de recepciones y bailes es algo así como entrar en un cuento de hadas. Se te va
n los pies a bailar un vals, de forma inevitable. Y des de la parte posterior de esa misma sala se puede gozar de la mejor vista de los jardines del castillo, coronados por una glorieta del tamaño de una arco de triunfo en lo alto de una cima donde se terminan. Creerme, se tiene que ver.
Y un día de tan alto nivel debía de tener un final a la altura. A la Ratzplatz, una opera: “Il Trovatore” de Giusseppe Verdi, para pasar la noche. Yo que no soy ni mucho menos amante del género, he acabado con la piel de gallina. No os diré más.
Pasear por Viena es como viajar en el tiempo. Mires donde mires, absolutamente todos los edificios se merecen una pausa, unos segundos de contemplación. Sin ninguna duda, es la ciudad que mientras caminaba por sus calles me he pasado mas tiempo con la cabeza levantada mirando hacia arriba, que no el propio suelo para ver donde pisaba. Maravillas arquitectónicas del renacimiento y el barroco, pasan aquí desapercibidas entre la multitud, m
ientras que en otras ciudades serían el principal centro de atención. Y es que para destacar dentro de la inmensidad de Viena, tiene que ser extraordinario. Y a esa calificación llegan los palacios de Habsburg, Belvedere y Schönbrunn, los
edificios del museo de historia y historia natural, el ayuntamiento, la catedral, la iglesia de San Carlos… Si, la lista también es larga. No os penséis que por el hecho de ser extraordinarios solo serían dos o tres.Así, embobado, he paseado durante dos días por calles, palacios, jardines, dejándome llevar por su belleza. No he desaprovechado tampoco la ocasión para probar las deliciosas galletas Maiers y la original y tan imitada Tarta Sacher, evidentemente mientras descansaba de tanto caminar.
De palacios solo os h
ablaré del de Schönbrunn, por elegir uno y no hacerme pesado. Dicen que es el Palacio de los Palacios, porque allí vivieron la Emperatriz Maria Teresa, el Emperador Francisco José o su archiconocida esposa Sissi. El patio de entrada ya deja entrever la magnitud de lo que nos encontraremos después. Llama la atención una fachada interminable de color amarillo –el preferido de Maria Teresa- de un edificio que llegó a tener 2000 estancias. Deambulando por sus salones, ya en el interior, uno puede llegar a imaginarse como vivieron en aquella época, y que poco tenían que ver con el reto de mortales de su generación. Aún así esta familia es la prueba de que el dinero no da siempre la felicidad. En cada rincón del palacio encuentras la historia de algún miembro que acabó en final trágico: suicidio del principal heredero, guillotina para Maria Antonieta, asesinato d
e Sissi, bodas sin consentimiento a los 15 años de edad… Si ya dicen que no se puede tener todo. Eso si, a nivel material, no podían pedir más. Estar a la entrada del salón principal de recepciones y bailes es algo así como entrar en un cuento de hadas. Se te va
n los pies a bailar un vals, de forma inevitable. Y des de la parte posterior de esa misma sala se puede gozar de la mejor vista de los jardines del castillo, coronados por una glorieta del tamaño de una arco de triunfo en lo alto de una cima donde se terminan. Creerme, se tiene que ver.Y un día de tan alto nivel debía de tener un final a la altura. A la Ratzplatz, una opera: “Il Trovatore” de Giusseppe Verdi, para pasar la noche. Yo que no soy ni mucho menos amante del género, he acabado con la piel de gallina. No os diré más.
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