18 sept 2007

Auschwitz y Birkenau, la vergüenza que no se puede olvidar

24/7/07 19:15

De las diferentes visitas posibles en los alrededores de Cracovia, yo decidí dirigirme a Oswiecim. A poco más de una hora de tren desde la estación central se llega a esta ciudad de 48000 habitantes, ahora núcleo industrial con grandes polígonos y fábricas, y que todo el mundo conoce por el nombre con que la bautizaron los nazis durante la II GM: Auschwitz. No se conoce la cifra con total certeza, pero se calcula que más de un millón y medio de personas fueron asesinadas aquí en menos de cuatro años, sobretodo judíos.

La ciudad no lo olvida, pero tampoco quiere recordarlo en exceso, y vive bastante de espaldas al recinto. Des de la estación de tren, donde cada día llegan miles de turistas, hay dos kilómetros hasta el campo de concentración original de Auschwitz. Ninguna indicación en la estación. Solo un autobús de línea muy de cuando en cuando llega hasta la zona, y cuesta averiguar el número. La única opción para ahorrarse el paseo, es el taxi. Sino, la otra opción es seguir a la multitud, pues siempre hay alguien que conoce el camino. Se sigue la carretera paralela a la vía del tren hacia la derecha, saliendo de la estación. Luego, en un cruce donde podréis observar un cartel indicador para los vehículos, debéis girar a la izquierda y caminar por un polígono industrial. Sin dejar esa calle, de pronto aparecerá el Campo I, el más famoso, que alberga el museo y la recepción. Cabe destacar que es gratuito.

Sorprende el hecho de que tan solo entrar, el millar de personas que entra cada hora cae en el más profundo silencio que sus cuerpos le permiten. Nadie lo exige, nadie prohíbe hablar, pero nadie osa hacerlo. Las caras empiezan a reflejar des del primer momento una mezcla de estupor, vergüenza, incredulidad, horror… Alguno no podía reprimirse y arrancaba a llorar. Fotos, herramientas, utensilios, barracones, y todo el conjunto de cosas que un día fueron utilizadas para realizar un genocidio y que ahora se conservar casi intactas para intentar que algo así no se repita.

De pronto unos gritos de rabia rompen el silencio. Son de una chica de unos 16 años, embolicada en una bandera de Israel, que conjuntamente con un grupo de compañeros (seguramente una escuela o instituto) han llegado a un punto álgido de la visita. El patio del barracón 11, el barracón de la muerte. Allí se fusilaron a miles de personas después de ridículos juicios rápidos que la GESTAPO efectuaba en el mismo barracón. En el sótano del mismo también se hizo la primera prueba del fatídico gas Ciclón B, que por desgracia fue un éxito para los nazis y acabo con la vida de los primeros 600 gasificados. No puedo entender las palabras que la chica pronuncia. Pero ante sus gestos y llanto, sobran las palabras. Todo el mundo baja la cabeza, traga saliva y sigue la visita.

Como en una pesadilla, el siguiente paso es entrar en el barracón, y bajar al sótano. Y sigue el siguiente, donde el Doctor Menguele experimentó con humanos, la sección femenina, ejemplos de cómo lo aprovechaban absolutamente todo, y llegas a los hornos crematorios de los cadáveres… Uno se pregunta como pudo pasar, como se pudo llegar a algo así. Cuesta aceptar cualquier respuesta.

El problema que tuvieron los nazis, y la suerte para muchos, era que no querían dejar rastro de su masacre. Confiaban increíblemente en ganar la guerra, y que una vez terminada, los hechos se olvidarían sino había pruebas. La historia siempre la escriben los que ganan, y no contaban con escribir nada sobre esos campos. Pero les era necesario deshacerse completamente de los cuerpos, y no les servía matarlos y enterrarlos sin más, pues alguien podía sacarlos a la luz en el futuro. Necesitaban quemarlos a gran temperatura para convertirlos en polvo y cenizas, y los hornos que tenían no daban para más. Por eso llegó la ampliación del campo en Auschwitz II, conocido como Birkenau. Esta situado a tres kilómetros de distancia del primero, en el termino municipal de Brzezinka. Allí llegaron a haber más de 100.000 presos a la vez. Con la estación de tren en su interior, se hizo mundialmente conocido tras la película “La lista de Schlinder”.

Cada hora un autobús del propio museo sale de la misma puerta del museo de Auschwitz I, y gratuitamente llega hasta Birkenau. La vuelta también es gratis. Tan solo llegar uno cruza bajo la Puerta de la Muerte y sigue la aún visible vía de tren que llevó a cientos de miles de personas hasta su última estación. Des del apeadero, una avenida llevaba directamente a las cámaras de gas. Era el camino que emprendían los más débiles, aquellos que los doctores consideraban que no eran aptos para el trabajo. Solían ser el 60 o 70 % del pasaje de cada tren. Las chimeneas nunca dejaban de humear, y trabajaban noche y día. Hoy, los miles que caminan por la misma avenida, son los turistas que con congojo se acercan hasta las ruinas de las cámaras de gas y los crematorios. Ingenuos los nazis que en su retirada lo dinamitaron todo creyendo que así borrarían las huellas de su atrocidad. Pero este campo era tan inmenso que la mitad de edificios aun están hoy en pie.

El monumento en recuerdo a todas las víctimas es sobrecogedor. Son casi una veintena los idiomas que en diferentes placas aseguran que nunca se olvidará lo que allí sucedió. Pero curiosamente, en español, una de las lenguas más habladas en todo el mundo, no está. Dicen los libros que España no participó en la guerra a favor de nadie. Oficialmente, así fue. Pero a nadie se le escapa que el régimen del General Franco no solo participó, sino que lo hizo al lado de los nazis. Por eso ni los aliados consideraron que el español debiese ser una de las lenguas utilizadas, ni el gobierno español de la época mostró ningún interés en estar presente. Cientos de españoles republicanos, opositores al régimen y también judíos murieron allí. No se les recuerda en ningún lugar del campo, tampoco en el memorial. Quizá después de 30 años de democracia, alguien debería mover ficha.

Con todo, demasiadas cosas para reflexionar en la vuelta hacia Cracovia, mientras cruzaba las montañas. Esta vez en bus, aprovechando una plaza vacía en uno los muchos viajes organizados que hacen el trayecto cada día des de los principales hoteles de la ciudad, ida y vuelta. Es bastante económico, y la verdad, no tenía ganas de caminar hasta el tren después de cómo me había quedado el cuerpo.

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